Aun recuerdo el primer día que lo vi sentado en aquel patio de recreo. Solo. Mirando al mundo que lo rodeaba como si estuviera condenado a vagar eternamente desubicado.
Yo, por aquel entonces era joven y exitoso, o mejor dicho era joven y lo suficientemente brillante para ser imprudente. Lo suficientemente brillante para tener éxito incluso en las imprudencias.
Si, ya se que suena lioso, pero no tengo otra manera mas empírica de explicar el por que una multa por correr demasiado me iba a dar la oportunidad, previa obligación judicial de hacer trabajos en pro de la sociedad de por medio, de conocer al personaje que marcaría mi vida para siempre.
Y es que, aquel lacónico niño tenia algo especial, cuasi etéreo. Lo rodeaba un aura que lo distinguía de las turbas de pilluelos que campaban por el patio.
Y así era, hora tras hora, día tras día. Como si el mundo discurriera para el a otra velocidad. ¿nunca os habéis preguntado como pasa el tiempo para una mariposa? Ese frenético día en el que debe aprender a volar, a alimentarse, a reproducirse y finalmente a aceptar que su destino ha llegado a su fin. Y que no podrá vagar mas dejándose llevar por una solitaria ráfaga de aire mientras observa la belleza de un paraje otoñal.
Pues para ese niño, nosotros solo eramos mariposas. Vivíamos a otra velocidad. En una continua y frenética huida hacia adelante y sin sentido a la que llamábamos vida.
El no. Por eso era tan distinto, por eso era tan especial.
Finalmente se impuso el hambre de conocimientos que, desde niño, había guiado mis pasos, y el ultimo día fui decidido a preguntar sobre el y el por que estaba allí.
La respuesta que me dieron fue descorazonadora a la par que estimulante. Lo que produjo en mi un cumulo de sensaciones contradictorias que me impedirían conciliar el sueño con normalidad durante meses.
Me dijeron, ¿no lo sabes? El es el niño sin imaginación. Es el niño incapaz de crear nada nuevo. Es la persona mas feliz y a la vez mas desgraciada del mundo.
Y desde entonces, cada noche, doy gracias. Por que a pesar de tener una existencia totalmente anarquica y demasiado acelerada, siempre podremos hacer algo nuevo que deje su huella en nuestros congéneres y en las generaciones venideras. Siempre podremos irnos con la certeza de saber que nuestras obras cumplieron su función.
Siempre podremos irnos con el orgullo que da el deber cumplido.
Y por supuesto siempre podremos irnos sabiendo que tuvimos la suerte de no ser como el. El niño que no podía crear nada nuevo.
Dedicado con cariño.