Coroné la montaña, no era una montaña corriente, la llamaban cuerpo de mujer, su contorno dibujaba su silueta tumbada.
Salimos por la mañana temprano y con buena marcha hicemos la aproximación hasta las primeras rampas cuya inclinación hacían que apoyara las manos en las rodillas para descanar e impulsarme.
Dos veces nos paramos en donde el agua manaba entre las briznas de hierba, el aire fresco de la mañana no bastaba para paliar el calor de la ascensión y el agua siempre fresca deleitaba los sentidos.
El paisaje se fue desnudando de verdor y solo matorrales ralos y piedras lo componían. Los líquenes en las rocas creaban dibujos curiosos y monótonos verde oscuros y grises.
Nos sentamos y esperamos un instante, sacamos los bocadillos que nos habían preparado y los comimos en silencio.
Las sombras si hicieron cortas, el sol se poso en el cenit y reanudamos la marcha. El viento frió, calor del sol, y los pulmones llenos a cada bocanada de aire.
Esos olores, olores elementales, puros, que se unían al paisaje, desde los helechos húmedos y los prados del valle al del aire frío con matices aromáticos de tomillo de las cumbres peladas.
Ahora ya no subo la montaña, la subí una vez y sus olores me acompañaron toda la vida.
Olores de cuerpo de mujer.
Olores
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Olores
Afinador de cisternas
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El tumulto y el incesante murmullo del gentío me aturdían. Aún así seguí caminando, intentando no alejarme demasiado del grupo, apartando a empujones a paseantes y vendedores varios.
Las calles del casco antiguo de Tánger son agobiantemente estrechas y están totalmente cercadas por comercios, restaurantes y personas.
Se puede encontrar cualquier cosa allí, desde aterciopeladas alfombras, preciosas piedras talladas, hasta envejecidas lámparas de cobre. Regatear precios es una de las cosas más divertidas que he experimentado, aunque finalmente uno, por falta de costumbre, acaba con dolor de cabeza.
Me dolían ya las piernas de tanto ajetreo cuando me percaté de que había perdido de vista a nuestro guía. Reparé en una pequeña calle que comenzaba justo debajo de un desgastado pero hermoso arco. Decidí encaminar mis cansados pies en esa dirección.
La calle, que ante mis atentos ojos se abría, se encontraba extrañamente solitaria. Me adentré un poco en ella y sentí como los latidos del corazón de Tánger se apaciguaban tras de mí. Entonces cerré los párpados, a pesar del cierto temor que me daba el encontrarme ahí de pie, sola, en un mundo tan distinto al mío. Y, por primera vez desde mi llegada a la ciudad, saboreé el ajeno y excitante aroma que envolvía aquel ambiente.
Por un lado sentí un fuerte olor a especias y comida, lo que me arrancó un gesto de salivación de la boca, cual perro de Paulov. Giré la cabeza, con mi naricilla respingona todavía alzada, y los ojos cerrados. Entonces un penetrante y áspero olor a cuero hizo que frunciera el ceño y olvidara, ipso facto, la suculenta idea de hincar el diente. Fue entonces cuando ví a un señor sentado en la penumbra más allá de una puerta abierta.
Me miraba sonriente mientras trabajaba una especie de cinturón sobre una piedra. Allí casi todas las puertas están siempre abiertas. Me asusté y regresé al hormiguero viviente que había dejado atrás.
Por suerte Alí, nuestro amigo tangerino, estaba cerca, subido en un banco, sobrevolando las cabezas presentes con su vivaz mirada.
Nada más avistarme se acercó y me agarró del brazo. Pero el aroma a jazmínes, perfumes, especias y aceites, me acompañaron el resto del día.
Las calles del casco antiguo de Tánger son agobiantemente estrechas y están totalmente cercadas por comercios, restaurantes y personas.
Se puede encontrar cualquier cosa allí, desde aterciopeladas alfombras, preciosas piedras talladas, hasta envejecidas lámparas de cobre. Regatear precios es una de las cosas más divertidas que he experimentado, aunque finalmente uno, por falta de costumbre, acaba con dolor de cabeza.
Me dolían ya las piernas de tanto ajetreo cuando me percaté de que había perdido de vista a nuestro guía. Reparé en una pequeña calle que comenzaba justo debajo de un desgastado pero hermoso arco. Decidí encaminar mis cansados pies en esa dirección.
La calle, que ante mis atentos ojos se abría, se encontraba extrañamente solitaria. Me adentré un poco en ella y sentí como los latidos del corazón de Tánger se apaciguaban tras de mí. Entonces cerré los párpados, a pesar del cierto temor que me daba el encontrarme ahí de pie, sola, en un mundo tan distinto al mío. Y, por primera vez desde mi llegada a la ciudad, saboreé el ajeno y excitante aroma que envolvía aquel ambiente.
Por un lado sentí un fuerte olor a especias y comida, lo que me arrancó un gesto de salivación de la boca, cual perro de Paulov. Giré la cabeza, con mi naricilla respingona todavía alzada, y los ojos cerrados. Entonces un penetrante y áspero olor a cuero hizo que frunciera el ceño y olvidara, ipso facto, la suculenta idea de hincar el diente. Fue entonces cuando ví a un señor sentado en la penumbra más allá de una puerta abierta.
Me miraba sonriente mientras trabajaba una especie de cinturón sobre una piedra. Allí casi todas las puertas están siempre abiertas. Me asusté y regresé al hormiguero viviente que había dejado atrás.
Por suerte Alí, nuestro amigo tangerino, estaba cerca, subido en un banco, sobrevolando las cabezas presentes con su vivaz mirada.
Nada más avistarme se acercó y me agarró del brazo. Pero el aroma a jazmínes, perfumes, especias y aceites, me acompañaron el resto del día.
Sinceramente, querida, me importa un bledo.
- The last samurai
- Ulema
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Cuando tenía ocho años el colegio hizo una excursión al puerto para ver la lonja. La profesora organizó nuestra clase por parejas, nos montó en un autobús y allí que fuimos dispuestos a conocer las entretelas de la compraventa de peces.
A medida que avanzábamos por el recinto portuario mis compañeros empezaron a poner carazas y taparse la nariz como si algo les apestase. Yo no notaba nada tan hediondo pero por aquello de no ser señalada y humillada también me tapé la nariz mientras reconocía cada vez con más intensidad las esencias de las algas secas, el hielo y el pescado fresco.
A lo lejos se escuchaban las olas romper junto a las rocas mientras las barcas de pesca se mecían amarradas. Montones de redes vacías se apilaban y se secaban al sol dejando en el ambiente el olor de la cuerda que se ha sumergido infinitas veces en el océano y se ha extraído repleta de plata. Llené los pulmones de aire.
A las once de la mañana la lonja estaba en pleno trajín, cajas de sardina y boquerón se apilaban con rapidez en el suelo mientras los pescaderos, preparándose para la subasta, paseaban la mirada con fingida indiferencia atisbando cual de las cajas estaba en mejores condiciones, cual incluía más cantidad,... En otro sector, junto a unas imponentes básculas, enormes sacos de mejillones, bolsas de chirlas y paquetes de navajas se exhibían para su venta.
El ambiente era fresco, por todo el suelo habían escamas y charcos de agua, de vez en cuando alguna desafortunada cabeza de pescado se escurría del resto y quedaba al alcance de las ajetreadas pisadas de la gente.
Dirigí la mirada hacia las puertas por las que los marineros seguían entrando la pesca encajetada. Salí disparada hacia una de esas puertas sin que nadie reaccionara a tiempo.
- ¡¡¡Papaaaaaaaa!!!
Mi padre, con su grueso delantal depositaba una caja en tierra y abría ampliamente los brazos para saludarme.
- ¡Hola nenita! ¿Qué haces por aquí? ¿Has venido con el colegio?
-¡Sí!- Señalé a mis compañeros.
Mi padre, con sus manazas me aupó e hizo lo que más me gustaba, me llevó a la báscula gigante que utilizaban para pesar el género. Me depositó encima y con fingida cara de preocupación exclamó:
- ¡Niña! Cada vez pesas menos. Ni un palito se ha movido. Le tendré que decir a tu madre que prepare un buen caldo de cangrejo. Que pareces un chopito de lo chuchurría que estás.
Aquel acto tan tierno como estúpido me hacía partir de risa. Me volvió a depositar en el suelo y sonriendo volví a la fila con el resto de compañeros a quienes expliqué, henchida de orgullo, quién era aquel señor.
Mi padre era un hombre de la mar y ésta se concentraba en todo su ser. Muchas veces rasqué de sus brazos escamas secas que permanecían pegadas a la piel, otras tantas respiré el calor de su cabello encontrando concentradas todas las fragancias marinas, su grueso suéter de lana incluso recién lavado llevaba consigo engarzado el salitre y la arenilla. Todo él era mar.
Algas, erizos, estrellas, huesos de sepia, conchas, medusas, caracoles de pinchos, corales, cáscaras vacías de ermitaños... todo eso era su esencia. Y toda esa esencia es lo que amo, años después, cuando miro al mar.
A medida que avanzábamos por el recinto portuario mis compañeros empezaron a poner carazas y taparse la nariz como si algo les apestase. Yo no notaba nada tan hediondo pero por aquello de no ser señalada y humillada también me tapé la nariz mientras reconocía cada vez con más intensidad las esencias de las algas secas, el hielo y el pescado fresco.
A lo lejos se escuchaban las olas romper junto a las rocas mientras las barcas de pesca se mecían amarradas. Montones de redes vacías se apilaban y se secaban al sol dejando en el ambiente el olor de la cuerda que se ha sumergido infinitas veces en el océano y se ha extraído repleta de plata. Llené los pulmones de aire.
A las once de la mañana la lonja estaba en pleno trajín, cajas de sardina y boquerón se apilaban con rapidez en el suelo mientras los pescaderos, preparándose para la subasta, paseaban la mirada con fingida indiferencia atisbando cual de las cajas estaba en mejores condiciones, cual incluía más cantidad,... En otro sector, junto a unas imponentes básculas, enormes sacos de mejillones, bolsas de chirlas y paquetes de navajas se exhibían para su venta.
El ambiente era fresco, por todo el suelo habían escamas y charcos de agua, de vez en cuando alguna desafortunada cabeza de pescado se escurría del resto y quedaba al alcance de las ajetreadas pisadas de la gente.
Dirigí la mirada hacia las puertas por las que los marineros seguían entrando la pesca encajetada. Salí disparada hacia una de esas puertas sin que nadie reaccionara a tiempo.
- ¡¡¡Papaaaaaaaa!!!
Mi padre, con su grueso delantal depositaba una caja en tierra y abría ampliamente los brazos para saludarme.
- ¡Hola nenita! ¿Qué haces por aquí? ¿Has venido con el colegio?
-¡Sí!- Señalé a mis compañeros.
Mi padre, con sus manazas me aupó e hizo lo que más me gustaba, me llevó a la báscula gigante que utilizaban para pesar el género. Me depositó encima y con fingida cara de preocupación exclamó:
- ¡Niña! Cada vez pesas menos. Ni un palito se ha movido. Le tendré que decir a tu madre que prepare un buen caldo de cangrejo. Que pareces un chopito de lo chuchurría que estás.
Aquel acto tan tierno como estúpido me hacía partir de risa. Me volvió a depositar en el suelo y sonriendo volví a la fila con el resto de compañeros a quienes expliqué, henchida de orgullo, quién era aquel señor.
Mi padre era un hombre de la mar y ésta se concentraba en todo su ser. Muchas veces rasqué de sus brazos escamas secas que permanecían pegadas a la piel, otras tantas respiré el calor de su cabello encontrando concentradas todas las fragancias marinas, su grueso suéter de lana incluso recién lavado llevaba consigo engarzado el salitre y la arenilla. Todo él era mar.
Algas, erizos, estrellas, huesos de sepia, conchas, medusas, caracoles de pinchos, corales, cáscaras vacías de ermitaños... todo eso era su esencia. Y toda esa esencia es lo que amo, años después, cuando miro al mar.
- Dolordebarriga
- Companys con diarrea
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- Registrado: 06 Nov 2002 20:38
- Ubicación: Ambigua
Mi querida Norna:
Casi casi me has hecho llorar con tu relato. Es de lo realmente bueno bueno (bueno + bueno = soberbio) que se ha escrito aquí. Cuando dentro de medio año se consuma en el olvido prometo encargarme de subírtelo.
Tu, oliendo el mar desde las cimas de las montañas;
Dolordebarriga
PD: El tuyo también me ha gustado Lunita, (besines pa ti)
Tu, oliendo el mar desde las cimas de las montañas;
Dolordebarriga
PD: El tuyo también me ha gustado Lunita, (besines pa ti)
Dolordebarriga,
¿Qué te voy a decir? Me alegro de que te guste.
- Lenina
- Comodora
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- Registrado: 08 Ago 2003 15:47
- Ubicación: Tirada en la cama, con el portátil
Mi padre era un hombre de la mar y ésta se concentraba en todo su ser. Muchas veces rasqué de sus brazos escamas secas que permanecían pegadas a la piel, otras tantas respiré el calor de su cabello encontrando concentradas todas las fragancias marinas, su grueso suéter de lana incluso recién lavado llevaba consigo engarzado el salitre y la arenilla. Todo él era mar.
Algas, erizos, estrellas, huesos de sepia, conchas, medusas, caracoles de pinchos, corales, cáscaras vacías de ermitaños... todo eso era su esencia. Y toda esa esencia es lo que amo, años después, cuando miro al mar.
Por este trozo se me han puesto la piel de gallina.
Precioso.