Me estoy leyendo
La vuelta a Europa en avión, de Manuel Chaves Nogales, donde cuenta su periplo por media Europa (y media Rusia) en el 1928 mediante varias crónicas que le publicaba El Heraldo de Madrid.
Hay una parte que me ha resultado muy curiosa, la he encontrado justamente en una web que reproduce artículos de dicho periódico.
https://heraldodemadrid.net/2014/09/15/ ... de-berlin/
Esta noche se ha plantado de un salto delante del piano un judío joven, un inconfundible judío, ya un poco en arco el cuerpo, a pesar de su juventud; pálido, brillantes los ojos negros, curva –como no- la nariz. Con las manos metidas en los bolsillos del “smoking” ha pasado la mirada por el auditorio, con ese mecer la cabeza característico de los judíos, y se ha puesto a recitar. Es una poesía suya contra la juventud deportista. A este pequeño judío le molesta el deporte, el sentido deportivo de la existencia, y arremete bravamente, más que contra quienes lo practican, contra quienes hacen de él poco menos que un sistema filosófico y una escuela literaria. Me dicen que este joven poeta está en la vanguardia literaria alemana y, aunque desconocido todavía –al “Ku-Ka” no vienen más que los inéditos- goza ya de cierto prestigio como representante de una reacción contra el sentido deportivo del arte.
El honrado público del café de los Artistas aplaude al joven judío, y entonces este se envalentona, levanta el espolón de su nariz, y recita de nuevo. Es una agria poesía contra la iglesia erigida a la memoria del káiser Guillermo en la August-Victoria Platz. Esta iglesia, situada a cien metros del “Ku-Ka”, es uno de los monumentos más artísticos de Berlín. Enclavada en el centro de la ciudad, entre la Kunfurstendam y la Tauentzienstrasse, es realmente con su arquitectura gótica del florecimiento, reforzada con elementos románicos, un claro símbolo del imperialismo, subsistente en el corazón de Berlín.
A nuestro pequeño judío le molesta la supervivencia de este símbolo en el Berlín de la República, y quiere destruirlo. Arremete contra él, no con grandes palabras, sino arteramente: la iglesia estorba, estorba, estorba. Hay que derribarla sencillamente porque dificulta el paso de los tranvías y de los “taxis”. La Alemania de hoy no puede consentir a la Alemania de ayer esta pequeña molestia de tener que dar la vuelta alrededor de una iglesia. “Esta iglesia –dice- no es nuestra; es del káiser Guillermo; se erigió a su memoria. Debemos, pues, mandársela piedra a piedra, para que en su destierro se entretenga en jugar con los sillares de piedra como juegan los chicos con sus cuadritos de madera.”
El desprecio hacia el kaiserismo que esta poesía rezuma, produce un entusiasmo indescriptible entre el público de burgueses del “Ku-Ka”. Se aplaude frenéticamente al pequeño judío enemigo del káiser con tanto fuego que uno se queda sorprendido un momento, incapaz de reconocer en este pueblo al pueblo de antes de la guerra, del gran tiempo, como los alemanes dicen.
Si conoceis Berlín no hace falta que diga a qué iglesia se refiere el hamigo judio. Ahí sigue, aunque en ruinas, la cabrona.
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