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Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
Un libro que no existe, una historia inventada por un cerebro de silicio, una portada de mentira:
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Ishkhaqwi ai durugnul!
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
Ildra la Sanadora
Con el regalo simbólico asegurado y Skjorn Hielorastro ahora a su lado, el hechicero se sentía un poco más preparado para lo que venía. Sin embargo algo lo detuvo, sabía que aunque era crucial avanzar, no podían apresurarse sin asegurarse de que todos estuvieran en las mejores condiciones, especialmente Thordin. El enano seguía fascinado con los tarros de miel que había encontrado en uno de los puestos del mercado. Con una sonrisa ladeada, Iskandar decidió hacer una parada rápida antes de enfrentarse a la difícil tarea de convencer a Ildra la Sanadora.
El mercado de Nievequiebra seguía agitado, pero Iskandar, Thordin y Skjorn avanzaron hacia un área menos transitada, donde el bullicio de las compras y los regateos se desvanecía en el fondo. Aquí, la nieve caía más densa, cubriendo el suelo con un manto blanco inmaculado que crujía bajo sus pies. El aire frío golpeaba sus rostros, recordándoles que la vida en este lugar no perdonaba a los descuidados.
Thordin, por su parte, seguía en su propio mundo, moviéndose de un puesto a otro con la jarra vacía en la mano, inspeccionando cada producto que encontraba. Finalmente, su atención se centró en un puesto que vendía una variedad de mieles de aspecto casero.
—¡Ah, mira esto, Iskandar! —gritó Thordin, con esa energía que solo el enano podía mantener en el frío—. ¡Miel de las colinas del norte! Perfecta para entrar en calor, o mezclar con un buen hidromiel.
Iskandar, que estaba empezando a acostumbrarse a las excentricidades de su compañero, se detuvo a observarlo con una mezcla de paciencia y resignación. Sabía que, si bien el enano era un formidable guerrero en combate, su amor por la comida y la bebida podía distraerlo en los momentos más inoportunos. Además, con Ildra esperando en las afueras del pueblo, lo último que necesitaban era que Thordin apareciera medio ebrio o demasiado interesado en la miel como para concentrarse en la misión.
—Thordin, por el amor a los dioses... Estamos a punto de convencer a una sanadora reclusa para que se una a nuestra causa. —dijo Iskandar, cruzando los brazos y mirando al enano con una ceja levantada—. ¿Realmente crees que vas a impresionar a Ildra con un tarro de miel?.
El enano, sin perder el ritmo, levantó un tarro de miel dorada, con la misma confianza que si estuviera mostrando un arma sagrada.
—¡Claro que sí, mago! La miel es la cura para todo. No hay herida que no sane con un buen trago de hidromiel, y nada como un poco de esto para endulzar cualquier trato. —Thordin soltó una carcajada y miró al vendedor, que le sonreía de vuelta.
Iskandar suspiró. No podía negar la lógica torcida de su amigo. Si bien no era exactamente lo que tenía en mente, no podía evitar sentir una cierta admiración por el optimismo imparable de Thordin.
Skjorn, que había estado observando en silencio, dejó escapar una pequeña sonrisa. El cazador no solía mostrar emociones, pero era evidente que encontraba la escena divertida a su manera.
—No lo sé, Iskandar —dijo Skjorn, finalmente interviniendo—. Si Ildra está tan reclusa como todos dicen, un toque de miel podría ser lo único dulce que ha probado en años. Quizás Thordin tiene razón, después de todo.
Iskandar miró al cazador, evaluando sus palabras. Cierto, Ildra podría haber perdido más que solo su conexión con las aventuras. Podría haber perdido el placer de las pequeñas cosas. Quizás un enfoque más humano, en lugar de solo frío pragmatismo, podría ser la clave para convencerla.
Finalmente, el hechicero cedió.
—Está bien, enano. Compra tu miel. Pero si esto no funciona y acabamos pasando la noche fuera de su cabaña congelándonos hasta los huesos, me aseguraré de que seas el primero en probar esa famosa curación mágica —dijo Iskandar con una sonrisa sarcástica.
Thordin, encantado, pagó por su tarro de miel y lo guardó en su bolso con una sonrisa triunfante.
—No te preocupes, Iskandar. Tengo un buen presentimiento sobre esto. Además, ¿cuándo me ha fallado una buena jarra de hidromiel o un tarro de miel?.
El hechicero no pudo evitar reírse para sí mismo. Thordin tenía una extraña habilidad para encontrar la alegría en los momentos más tensos, y aunque Iskandar no lo admitiera en voz alta, estaba agradecido por ello.
Con todo en su lugar —la caja de plantas curativas, el tarro de miel de Thordin, y el estoico Skjorn caminando a su lado—, Iskandar se sintió listo para lo que venía. La tarea de convencer a Ildra aún era monumental, pero al menos ahora estaban preparados de la mejor manera que podían estarlo. O al menos, eso esperaba.
El grupo se dirigió lentamente hacia las afueras del pueblo, donde sabían que se encontraba la cabaña de la sanadora. Las casas y los puestos del mercado fueron quedando atrás, reemplazados por el denso bosque nevado que rodeaba a Nievequiebra. El viento soplaba más fuerte cuanto más se alejaban del pueblo, pero la compañía del grupo mantenía el espíritu en alto.
La cabaña de Ildra era famosa por estar bien oculta entre los árboles, rodeada por una barrera natural de pinos y nieve que la mantenía apartada del resto del mundo. Según los rumores, la sanadora había escogido este lugar por su tranquilidad, pero también por su proximidad a las plantas medicinales que crecían en la región.
A medida que se acercaban a su destino, el humor ligero del grupo se desvaneció lentamente, reemplazado por una sensación de expectación. Convencer a alguien tan recluso como Ildra no sería fácil, pero con su pequeño arsenal de regalos y buenas intenciones, estaban listos para intentarlo.
Con el regalo simbólico asegurado y Skjorn Hielorastro ahora a su lado, el hechicero se sentía un poco más preparado para lo que venía. Sin embargo algo lo detuvo, sabía que aunque era crucial avanzar, no podían apresurarse sin asegurarse de que todos estuvieran en las mejores condiciones, especialmente Thordin. El enano seguía fascinado con los tarros de miel que había encontrado en uno de los puestos del mercado. Con una sonrisa ladeada, Iskandar decidió hacer una parada rápida antes de enfrentarse a la difícil tarea de convencer a Ildra la Sanadora.
El mercado de Nievequiebra seguía agitado, pero Iskandar, Thordin y Skjorn avanzaron hacia un área menos transitada, donde el bullicio de las compras y los regateos se desvanecía en el fondo. Aquí, la nieve caía más densa, cubriendo el suelo con un manto blanco inmaculado que crujía bajo sus pies. El aire frío golpeaba sus rostros, recordándoles que la vida en este lugar no perdonaba a los descuidados.
Thordin, por su parte, seguía en su propio mundo, moviéndose de un puesto a otro con la jarra vacía en la mano, inspeccionando cada producto que encontraba. Finalmente, su atención se centró en un puesto que vendía una variedad de mieles de aspecto casero.
—¡Ah, mira esto, Iskandar! —gritó Thordin, con esa energía que solo el enano podía mantener en el frío—. ¡Miel de las colinas del norte! Perfecta para entrar en calor, o mezclar con un buen hidromiel.
Iskandar, que estaba empezando a acostumbrarse a las excentricidades de su compañero, se detuvo a observarlo con una mezcla de paciencia y resignación. Sabía que, si bien el enano era un formidable guerrero en combate, su amor por la comida y la bebida podía distraerlo en los momentos más inoportunos. Además, con Ildra esperando en las afueras del pueblo, lo último que necesitaban era que Thordin apareciera medio ebrio o demasiado interesado en la miel como para concentrarse en la misión.
—Thordin, por el amor a los dioses... Estamos a punto de convencer a una sanadora reclusa para que se una a nuestra causa. —dijo Iskandar, cruzando los brazos y mirando al enano con una ceja levantada—. ¿Realmente crees que vas a impresionar a Ildra con un tarro de miel?.
El enano, sin perder el ritmo, levantó un tarro de miel dorada, con la misma confianza que si estuviera mostrando un arma sagrada.
—¡Claro que sí, mago! La miel es la cura para todo. No hay herida que no sane con un buen trago de hidromiel, y nada como un poco de esto para endulzar cualquier trato. —Thordin soltó una carcajada y miró al vendedor, que le sonreía de vuelta.
Iskandar suspiró. No podía negar la lógica torcida de su amigo. Si bien no era exactamente lo que tenía en mente, no podía evitar sentir una cierta admiración por el optimismo imparable de Thordin.
Skjorn, que había estado observando en silencio, dejó escapar una pequeña sonrisa. El cazador no solía mostrar emociones, pero era evidente que encontraba la escena divertida a su manera.
—No lo sé, Iskandar —dijo Skjorn, finalmente interviniendo—. Si Ildra está tan reclusa como todos dicen, un toque de miel podría ser lo único dulce que ha probado en años. Quizás Thordin tiene razón, después de todo.
Iskandar miró al cazador, evaluando sus palabras. Cierto, Ildra podría haber perdido más que solo su conexión con las aventuras. Podría haber perdido el placer de las pequeñas cosas. Quizás un enfoque más humano, en lugar de solo frío pragmatismo, podría ser la clave para convencerla.
Finalmente, el hechicero cedió.
—Está bien, enano. Compra tu miel. Pero si esto no funciona y acabamos pasando la noche fuera de su cabaña congelándonos hasta los huesos, me aseguraré de que seas el primero en probar esa famosa curación mágica —dijo Iskandar con una sonrisa sarcástica.
Thordin, encantado, pagó por su tarro de miel y lo guardó en su bolso con una sonrisa triunfante.
—No te preocupes, Iskandar. Tengo un buen presentimiento sobre esto. Además, ¿cuándo me ha fallado una buena jarra de hidromiel o un tarro de miel?.
El hechicero no pudo evitar reírse para sí mismo. Thordin tenía una extraña habilidad para encontrar la alegría en los momentos más tensos, y aunque Iskandar no lo admitiera en voz alta, estaba agradecido por ello.
Con todo en su lugar —la caja de plantas curativas, el tarro de miel de Thordin, y el estoico Skjorn caminando a su lado—, Iskandar se sintió listo para lo que venía. La tarea de convencer a Ildra aún era monumental, pero al menos ahora estaban preparados de la mejor manera que podían estarlo. O al menos, eso esperaba.
El grupo se dirigió lentamente hacia las afueras del pueblo, donde sabían que se encontraba la cabaña de la sanadora. Las casas y los puestos del mercado fueron quedando atrás, reemplazados por el denso bosque nevado que rodeaba a Nievequiebra. El viento soplaba más fuerte cuanto más se alejaban del pueblo, pero la compañía del grupo mantenía el espíritu en alto.
La cabaña de Ildra era famosa por estar bien oculta entre los árboles, rodeada por una barrera natural de pinos y nieve que la mantenía apartada del resto del mundo. Según los rumores, la sanadora había escogido este lugar por su tranquilidad, pero también por su proximidad a las plantas medicinales que crecían en la región.
A medida que se acercaban a su destino, el humor ligero del grupo se desvaneció lentamente, reemplazado por una sensación de expectación. Convencer a alguien tan recluso como Ildra no sería fácil, pero con su pequeño arsenal de regalos y buenas intenciones, estaban listos para intentarlo.
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
El grupo avanzó con cautela, dejando atrás el bullicioso mercado de Nievequiebra mientras la nieve seguía cayendo suavemente desde el cielo gris. A medida que se alejaban del pueblo, la atmósfera cambió de manera palpable. Las risas y el ruido del mercado se desvanecieron, reemplazados por el crujido sordo de la nieve bajo sus pies y el silbido constante del viento gélido que se colaba entre los pinos altos y oscuros. Los árboles, como centinelas silenciosos, se elevaban a ambos lados del camino, cargados de nieve en sus ramas, creando una especie de túnel natural que conducía a lo profundo del bosque.
Iskandar Nevaluna caminaba al frente con su bufanda azul ondeando ligeramente con el viento. A su lado, Thordin Yelmo de Hierro avanzaba con un sorprendente equilibrio para alguien que había bebido tanto, sosteniendo su tarro de miel como si fuera un trofeo recién ganado. Skjorn Hielorastro, por su parte, caminaba en silencio, sus ojos moviéndose constantemente de un lado a otro, siempre alerta, como si cada sombra entre los árboles pudiera esconder algún peligro desconocido.
Con cada paso, el paisaje se volvía más inhóspito. El camino se hizo más estrecho y empinado, rodeado por un manto de nieve inmaculada que cubría todo a su alrededor. Los árboles, cada vez más densos, parecían envolverlos en una atmósfera de aislamiento. La naturaleza aquí tenía una belleza austera, casi abrumadora, pero también algo inquietante. No había huellas recientes en la nieve, ni rastro de vida más allá del sonido ocasional de un pájaro que atravesaba el cielo encapotado. Todo lo que rodeaba a Iskandar y su grupo parecía estar sumido en una especie de quietud eterna, como si el propio tiempo se hubiese detenido en este rincón del mundo.
—¿Estamos seguros de que esto es el camino? —preguntó Thordin, rompiendo el silencio mientras su aliento formaba una nube de vapor en el aire helado.
—Es lo que me dijeron en la taberna —respondió Iskandar sin volverse, tenía sus ojos fijos en el sendero cubierto de nieve—. La cabaña de Ildra debería estar cerca. Aquí es donde la gente dice que ha estado recluida.
Skjorn se adelantó ligeramente, observando el terreno con la mirada de un cazador. Sus botas, hechas para soportar el frío extremo, no dejaban más que huellas ligeras en la nieve. Se detuvo de repente, levantando una mano como señal para que los demás se detuvieran.
—Ahí, entre los árboles —dijo Skjorn en voz baja, señalando hacia adelante.
Iskandar entrecerró los ojos, siguiendo la dirección que Skjorn indicaba. Al principio, no vio nada más que una acumulación más densa de árboles y nieve. Pero después de un momento, pudo distinguir algo diferente: una pequeña cabaña, casi oculta por completo entre los pinos. Su techo estaba cubierto por una gruesa capa de nieve, y las paredes, hechas de troncos oscuros, se fusionaban con el paisaje circundante. Era una construcción humilde, pero firme, como si hubiera sido diseñada específicamente para soportar los inviernos más duros que estas tierras podían ofrecer.
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La modesta cabaña de Ildra
Alrededor de la cabaña, el terreno estaba despejado, pero no completamente vacío. Había signos de actividad, aunque muy sutiles. Cerca de una ventana cubierta por una delgada capa de escarcha, se veían varias hierbas colgando de un pequeño tendedero improvisado, secándose al aire frío. A un lado de la cabaña, había una pequeña pila de leña cortada con precisión, lista para ser usada en una chimenea. Lo que más llamó la atención de Iskandar fue el pequeño huerto cubierto de nieve a un costado de la cabaña. Aunque parecía desierto por el invierno, era evidente que durante las estaciones más cálidas, ese lugar había sido cultivado con cuidado.
—Debe ser aquí —susurró Iskandar, observando la escena con atención.
El grupo se detuvo al borde del claro, sin acercarse demasiado aún. Sabían que Ildra no era alguien que apreciara las visitas inesperadas, y el hecho de que hubiera elegido un lugar tan remoto y oculto sugería que no deseaba contacto con el mundo exterior. Si entraban con demasiada prisa, podían ponerla a la defensiva, algo que no les convenía si querían que se uniera a su misión.
—No parece haber nadie fuera, pero eso no significa que no nos esté observando —dijo Skjorn en voz baja, mientras sus ojos seguían recorriendo cada rincón del área.
Iskandar asintió, reflexionando sobre la mejor manera de proceder. El aire era denso con la expectativa, y aunque no había signos de peligro, la atmósfera estaba cargada de una tensión sutil. Ildra era conocida por su habilidad con la magia curativa, pero también había rumores de que dominaba otros tipos de magia, defensivos y protectores. Si sentía que su soledad estaba siendo invadida, no dudaría en usar cualquier hechizo para mantener a los intrusos fuera.
—No creo que debamos simplemente tocar la puerta y esperar lo mejor —dijo Iskandar—. Si hemos llegado hasta aquí, lo mejor será observar por un momento. Estudiar su entorno puede darnos pistas sobre cómo abordarla. No hay prisa.
Thordin, que hasta ahora había estado en silencio, asintió de acuerdo.
—Una buena idea, mago. No quiero ser expulsado de la cabaña antes de que podamos siquiera saludarla. Aunque te diré algo, si no sale pronto, ¡probaré esa miel y le haré una oferta imposible de rechazar! —rió suavemente.
Iskandar Nevaluna caminaba al frente con su bufanda azul ondeando ligeramente con el viento. A su lado, Thordin Yelmo de Hierro avanzaba con un sorprendente equilibrio para alguien que había bebido tanto, sosteniendo su tarro de miel como si fuera un trofeo recién ganado. Skjorn Hielorastro, por su parte, caminaba en silencio, sus ojos moviéndose constantemente de un lado a otro, siempre alerta, como si cada sombra entre los árboles pudiera esconder algún peligro desconocido.
Con cada paso, el paisaje se volvía más inhóspito. El camino se hizo más estrecho y empinado, rodeado por un manto de nieve inmaculada que cubría todo a su alrededor. Los árboles, cada vez más densos, parecían envolverlos en una atmósfera de aislamiento. La naturaleza aquí tenía una belleza austera, casi abrumadora, pero también algo inquietante. No había huellas recientes en la nieve, ni rastro de vida más allá del sonido ocasional de un pájaro que atravesaba el cielo encapotado. Todo lo que rodeaba a Iskandar y su grupo parecía estar sumido en una especie de quietud eterna, como si el propio tiempo se hubiese detenido en este rincón del mundo.
—¿Estamos seguros de que esto es el camino? —preguntó Thordin, rompiendo el silencio mientras su aliento formaba una nube de vapor en el aire helado.
—Es lo que me dijeron en la taberna —respondió Iskandar sin volverse, tenía sus ojos fijos en el sendero cubierto de nieve—. La cabaña de Ildra debería estar cerca. Aquí es donde la gente dice que ha estado recluida.
Skjorn se adelantó ligeramente, observando el terreno con la mirada de un cazador. Sus botas, hechas para soportar el frío extremo, no dejaban más que huellas ligeras en la nieve. Se detuvo de repente, levantando una mano como señal para que los demás se detuvieran.
—Ahí, entre los árboles —dijo Skjorn en voz baja, señalando hacia adelante.
Iskandar entrecerró los ojos, siguiendo la dirección que Skjorn indicaba. Al principio, no vio nada más que una acumulación más densa de árboles y nieve. Pero después de un momento, pudo distinguir algo diferente: una pequeña cabaña, casi oculta por completo entre los pinos. Su techo estaba cubierto por una gruesa capa de nieve, y las paredes, hechas de troncos oscuros, se fusionaban con el paisaje circundante. Era una construcción humilde, pero firme, como si hubiera sido diseñada específicamente para soportar los inviernos más duros que estas tierras podían ofrecer.
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La modesta cabaña de Ildra
Alrededor de la cabaña, el terreno estaba despejado, pero no completamente vacío. Había signos de actividad, aunque muy sutiles. Cerca de una ventana cubierta por una delgada capa de escarcha, se veían varias hierbas colgando de un pequeño tendedero improvisado, secándose al aire frío. A un lado de la cabaña, había una pequeña pila de leña cortada con precisión, lista para ser usada en una chimenea. Lo que más llamó la atención de Iskandar fue el pequeño huerto cubierto de nieve a un costado de la cabaña. Aunque parecía desierto por el invierno, era evidente que durante las estaciones más cálidas, ese lugar había sido cultivado con cuidado.
—Debe ser aquí —susurró Iskandar, observando la escena con atención.
El grupo se detuvo al borde del claro, sin acercarse demasiado aún. Sabían que Ildra no era alguien que apreciara las visitas inesperadas, y el hecho de que hubiera elegido un lugar tan remoto y oculto sugería que no deseaba contacto con el mundo exterior. Si entraban con demasiada prisa, podían ponerla a la defensiva, algo que no les convenía si querían que se uniera a su misión.
—No parece haber nadie fuera, pero eso no significa que no nos esté observando —dijo Skjorn en voz baja, mientras sus ojos seguían recorriendo cada rincón del área.
Iskandar asintió, reflexionando sobre la mejor manera de proceder. El aire era denso con la expectativa, y aunque no había signos de peligro, la atmósfera estaba cargada de una tensión sutil. Ildra era conocida por su habilidad con la magia curativa, pero también había rumores de que dominaba otros tipos de magia, defensivos y protectores. Si sentía que su soledad estaba siendo invadida, no dudaría en usar cualquier hechizo para mantener a los intrusos fuera.
—No creo que debamos simplemente tocar la puerta y esperar lo mejor —dijo Iskandar—. Si hemos llegado hasta aquí, lo mejor será observar por un momento. Estudiar su entorno puede darnos pistas sobre cómo abordarla. No hay prisa.
Thordin, que hasta ahora había estado en silencio, asintió de acuerdo.
—Una buena idea, mago. No quiero ser expulsado de la cabaña antes de que podamos siquiera saludarla. Aunque te diré algo, si no sale pronto, ¡probaré esa miel y le haré una oferta imposible de rechazar! —rió suavemente.
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
Iskandar rodó los ojos ante el entusiasmo de Thordin, pero no pudo evitar sentir un pequeño alivio por tenerlo a su lado. Incluso en los momentos más tensos, el enano encontraba la manera de mantener el ánimo alto.
El hechicero tomó un respiro profundo y dejó que el frío lo envolviera. Podía sentir la quietud del lugar, la vida escondida bajo la nieve, y el poder silencioso de Ildra, incluso si aún no la habían visto. Este era su refugio, un santuario construido para aislarse del mundo y de sus recuerdos. Para convencerla de que dejara este lugar, necesitarían algo más que palabras. Necesitarían ganarse su confianza.
Por ahora, lo mejor era esperar y observar. Mirar cómo el viento movía las hierbas secándose cerca de la ventana, cómo el hielo cubría el tejado de la cabaña, y cómo el silencio dominaba todo a su alrededor.
El hechicero se cruzó de brazos mientras observaba la cabaña de Ildra en el claro, apenas visible entre los pinos cubiertos de nieve. El lugar emanaba una calma extraña, casi como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse en ese rincón del bosque. A pesar del impulso natural de avanzar y tocar la puerta, su instinto le decía que no era el momento adecuado. Esta mujer había elegido el aislamiento, y romper su burbuja de tranquilidad requería más que una simple llamada a la puerta.
—Deberíamos esperar —dijo Iskandar, casi en un susurro, su aliento formando pequeñas nubes de vapor en el aire helado.
Thordin, que hasta ahora había mantenido su buen humor, pareció decepcionado.
—¿Esperar? ¡Pensé que habíamos venido hasta aquí para convencerla, no para quedarnos congelados fuera de su puerta! —dijo el enano, bajando la voz lo justo como para no gritar, pero lo suficiente para que su frustración fuera evidente.
Skjorn, en cambio, comprendió de inmediato el plan de Iskandar. El cazador, acostumbrado a la paciencia, asintió mientras mantenía su postura alerta.
—El mago tiene razón, Thordin. Entrar en su espacio sin una señal clara de bienvenida podría ponerla en guardia. Este es su refugio, y la mejor manera de respetarlo es observar. Ella seguramente ya sabe que estamos aquí —dijo, su voz baja y tranquila.
El grupo se retiró unos metros, tomando posiciones más cómodas entre los árboles y a la sombra de los pinos. Desde allí, podían observar mejor la cabaña sin dar la impresión de estar acechando demasiado cerca. Iskandar se apoyó en un tronco, cruzando los brazos, mientras Skjorn se acuclillaba cerca, siempre atento a cualquier movimiento. Thordin, a regañadientes, siguió el ejemplo, aunque no sin una queja.
—No veo la gracia en quedarnos aquí quietos. Si queréis que la llame con mi martillo, lo haré, y os aseguro que no podrá ignorarnos. —Thordin se rió para sí mismo, pero incluso él sabía que ese enfoque no era el adecuado para este momento.
La cabaña seguía en silencio. La nieve seguía cayendo lentamente, acumulándose en el techo y alrededor de las hierbas que colgaban cerca de la ventana. El lugar parecía estar casi en perfecto equilibrio con la naturaleza circundante, como si la cabaña misma hubiera sido construida para ser invisible para el resto del mundo.
Pasaron varios minutos, tal vez más, mientras el grupo permanecía en silencio, dejando que la quietud del bosque los envolviera. Iskandar cerró los ojos por un momento, dejándose llevar por la calma del lugar. Sentía que este tipo de paciencia era algo que Ildra apreciaría. Ella había elegido esta vida de aislamiento por una razón, y cualquier intrusión forzada podría ser contraproducente.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, algo cambió en el ambiente. Un ligero movimiento en la ventana de la cabaña llamó la atención de Skjorn, quien levantó la mano en señal de advertencia. Iskandar abrió los ojos justo a tiempo para ver una figura moviéndose detrás de la cortina congelada de la ventana. Era difícil distinguir detalles, pero la figura tenía una presencia serena y cuidadosa. No parecía haber alarmas ni gestos agresivos, solo una observación desde la seguridad de la cabaña.
—Parece que nos ha visto —murmuró Skjorn, sin apartar los ojos de la ventana.
El hechicero tomó un respiro profundo y dejó que el frío lo envolviera. Podía sentir la quietud del lugar, la vida escondida bajo la nieve, y el poder silencioso de Ildra, incluso si aún no la habían visto. Este era su refugio, un santuario construido para aislarse del mundo y de sus recuerdos. Para convencerla de que dejara este lugar, necesitarían algo más que palabras. Necesitarían ganarse su confianza.
Por ahora, lo mejor era esperar y observar. Mirar cómo el viento movía las hierbas secándose cerca de la ventana, cómo el hielo cubría el tejado de la cabaña, y cómo el silencio dominaba todo a su alrededor.
El hechicero se cruzó de brazos mientras observaba la cabaña de Ildra en el claro, apenas visible entre los pinos cubiertos de nieve. El lugar emanaba una calma extraña, casi como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse en ese rincón del bosque. A pesar del impulso natural de avanzar y tocar la puerta, su instinto le decía que no era el momento adecuado. Esta mujer había elegido el aislamiento, y romper su burbuja de tranquilidad requería más que una simple llamada a la puerta.
—Deberíamos esperar —dijo Iskandar, casi en un susurro, su aliento formando pequeñas nubes de vapor en el aire helado.
Thordin, que hasta ahora había mantenido su buen humor, pareció decepcionado.
—¿Esperar? ¡Pensé que habíamos venido hasta aquí para convencerla, no para quedarnos congelados fuera de su puerta! —dijo el enano, bajando la voz lo justo como para no gritar, pero lo suficiente para que su frustración fuera evidente.
Skjorn, en cambio, comprendió de inmediato el plan de Iskandar. El cazador, acostumbrado a la paciencia, asintió mientras mantenía su postura alerta.
—El mago tiene razón, Thordin. Entrar en su espacio sin una señal clara de bienvenida podría ponerla en guardia. Este es su refugio, y la mejor manera de respetarlo es observar. Ella seguramente ya sabe que estamos aquí —dijo, su voz baja y tranquila.
El grupo se retiró unos metros, tomando posiciones más cómodas entre los árboles y a la sombra de los pinos. Desde allí, podían observar mejor la cabaña sin dar la impresión de estar acechando demasiado cerca. Iskandar se apoyó en un tronco, cruzando los brazos, mientras Skjorn se acuclillaba cerca, siempre atento a cualquier movimiento. Thordin, a regañadientes, siguió el ejemplo, aunque no sin una queja.
—No veo la gracia en quedarnos aquí quietos. Si queréis que la llame con mi martillo, lo haré, y os aseguro que no podrá ignorarnos. —Thordin se rió para sí mismo, pero incluso él sabía que ese enfoque no era el adecuado para este momento.
La cabaña seguía en silencio. La nieve seguía cayendo lentamente, acumulándose en el techo y alrededor de las hierbas que colgaban cerca de la ventana. El lugar parecía estar casi en perfecto equilibrio con la naturaleza circundante, como si la cabaña misma hubiera sido construida para ser invisible para el resto del mundo.
Pasaron varios minutos, tal vez más, mientras el grupo permanecía en silencio, dejando que la quietud del bosque los envolviera. Iskandar cerró los ojos por un momento, dejándose llevar por la calma del lugar. Sentía que este tipo de paciencia era algo que Ildra apreciaría. Ella había elegido esta vida de aislamiento por una razón, y cualquier intrusión forzada podría ser contraproducente.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, algo cambió en el ambiente. Un ligero movimiento en la ventana de la cabaña llamó la atención de Skjorn, quien levantó la mano en señal de advertencia. Iskandar abrió los ojos justo a tiempo para ver una figura moviéndose detrás de la cortina congelada de la ventana. Era difícil distinguir detalles, pero la figura tenía una presencia serena y cuidadosa. No parecía haber alarmas ni gestos agresivos, solo una observación desde la seguridad de la cabaña.
—Parece que nos ha visto —murmuró Skjorn, sin apartar los ojos de la ventana.
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
El hechicero asintió. Lo que decidieran hacer a continuación dependería de si la sanadora estaba dispuesta a escucharlos o no. Habían sido lo suficientemente respetuosos, pero en algún momento tendrían que presentarse. La clave estaba en cómo dar el siguiente paso sin parecer una amenaza.
—Es un buen momento para demostrar que no hemos venido a interrumpir su paz sin razón —dijo Iskandar, dejando escapar un leve suspiro.
Thordin, quien hasta entonces había estado más inquieto que nunca, finalmente habló con un tono más serio.
—Bien, mago, ¿y cuál es el plan? ¿Llamamos a su puerta o seguimos aquí como estatuas de hielo?
Iskandar lo miró por un momento, pensando en las opciones. Sabía que cualquier acción imprudente podía hacer que Ildra decidiera no abrirles la puerta. Había que proceder con cuidado.
—Creo que lo mejor será dar un paso más —dijo Iskandar finalmente—, pero sin entrar en su espacio de manera agresiva. Voy a usar un hechizo menor, algo que proyecte mi voz hacia la cabaña para presentarnos. Si ha decidido observarnos, al menos sabrá que no somos una amenaza.
Skjorn asintió, y Thordin, aunque algo reticente, no se opuso.
Iskandar dio un paso hacia adelante, más cerca del claro donde se encontraba la cabaña, pero no lo suficiente como para parecer intrusivo. Extendió la mano hacia adelante, concentrándose en el aire frío que lo rodeaba. Con un gesto suave, dejó que su magia fluyera, proyectando su voz hacia la cabaña sin levantar demasiado el volumen, solo lo justo para ser escuchado sin parecer invasivo.
—Ildra la Sanadora, venimos en paz y con respeto por tu aislamiento —dijo Iskandar, su voz resonando de manera tranquila y calmada, como una suave brisa de invierno—. Sabemos que has elegido este lugar para vivir en calma, pero tenemos una petición que solo alguien con tu habilidad puede ayudarnos a cumplir. No somos enemigos, ni deseamos importunarte sin motivo. Solo buscamos tu sabiduría... y quizás tu ayuda.
El viento pareció detenerse por un momento después de que la voz de Iskandar se desvaneció en el aire. La cabaña permaneció en silencio, y el grupo esperó en la quietud.
Tras unos momentos de expectación, la puerta de la cabaña crujió levemente antes de abrirse apenas unos centímetros, lo justo para que una voz suave pero firme llegara hasta ellos.
—¿Qué clase de petición trae a tres aventureros hasta mi puerta, en medio del invierno más duro que hemos tenido en años? —La voz de Ildra era cautelosa, pero no hostil.
El hechicero esbozó una ligera sonrisa. Sabía que la cautela era el primer paso hacia la apertura, y en aquel tono detectaba una puerta entreabierta, lista para ser empujada con cuidado. Dio un paso adelante, sin invadir su espacio, pero mostrando respeto por la guardiana de este santuario helado.
—No somos simples aventureros buscando fortuna, te lo aseguro —comenzó, manteniendo su tono sereno—. Mi grupo y yo nos enfrentamos a un desafío que afecta no solo a nosotros, sino a estas tierras. Un enemigo conocido como Jargrim Piel de Escarcha busca hacerse con el Bastón del Hielo Eterno, y si lo logra, la leyenda dice que el invierno nunca acabará.
—Es un buen momento para demostrar que no hemos venido a interrumpir su paz sin razón —dijo Iskandar, dejando escapar un leve suspiro.
Thordin, quien hasta entonces había estado más inquieto que nunca, finalmente habló con un tono más serio.
—Bien, mago, ¿y cuál es el plan? ¿Llamamos a su puerta o seguimos aquí como estatuas de hielo?
Iskandar lo miró por un momento, pensando en las opciones. Sabía que cualquier acción imprudente podía hacer que Ildra decidiera no abrirles la puerta. Había que proceder con cuidado.
—Creo que lo mejor será dar un paso más —dijo Iskandar finalmente—, pero sin entrar en su espacio de manera agresiva. Voy a usar un hechizo menor, algo que proyecte mi voz hacia la cabaña para presentarnos. Si ha decidido observarnos, al menos sabrá que no somos una amenaza.
Skjorn asintió, y Thordin, aunque algo reticente, no se opuso.
Iskandar dio un paso hacia adelante, más cerca del claro donde se encontraba la cabaña, pero no lo suficiente como para parecer intrusivo. Extendió la mano hacia adelante, concentrándose en el aire frío que lo rodeaba. Con un gesto suave, dejó que su magia fluyera, proyectando su voz hacia la cabaña sin levantar demasiado el volumen, solo lo justo para ser escuchado sin parecer invasivo.
—Ildra la Sanadora, venimos en paz y con respeto por tu aislamiento —dijo Iskandar, su voz resonando de manera tranquila y calmada, como una suave brisa de invierno—. Sabemos que has elegido este lugar para vivir en calma, pero tenemos una petición que solo alguien con tu habilidad puede ayudarnos a cumplir. No somos enemigos, ni deseamos importunarte sin motivo. Solo buscamos tu sabiduría... y quizás tu ayuda.
El viento pareció detenerse por un momento después de que la voz de Iskandar se desvaneció en el aire. La cabaña permaneció en silencio, y el grupo esperó en la quietud.
Tras unos momentos de expectación, la puerta de la cabaña crujió levemente antes de abrirse apenas unos centímetros, lo justo para que una voz suave pero firme llegara hasta ellos.
—¿Qué clase de petición trae a tres aventureros hasta mi puerta, en medio del invierno más duro que hemos tenido en años? —La voz de Ildra era cautelosa, pero no hostil.
El hechicero esbozó una ligera sonrisa. Sabía que la cautela era el primer paso hacia la apertura, y en aquel tono detectaba una puerta entreabierta, lista para ser empujada con cuidado. Dio un paso adelante, sin invadir su espacio, pero mostrando respeto por la guardiana de este santuario helado.
—No somos simples aventureros buscando fortuna, te lo aseguro —comenzó, manteniendo su tono sereno—. Mi grupo y yo nos enfrentamos a un desafío que afecta no solo a nosotros, sino a estas tierras. Un enemigo conocido como Jargrim Piel de Escarcha busca hacerse con el Bastón del Hielo Eterno, y si lo logra, la leyenda dice que el invierno nunca acabará.
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
Desde la pequeña apertura de la puerta, no hubo respuesta inmediata. Parecía que Ildra estaba sopesando lo que había oído, tal vez midiendo la sinceridad de las palabras del hechicero. Mientras el silencio se alargaba, el frío viento sopló entre los árboles, haciendo que la nieve se arremolinara en el claro. La sanadora era, sin duda, una mujer que no se dejaba impresionar con facilidad.
Fue entonces cuando el enano decidió intervenir, rompiendo el incómodo silencio de la manera más directa posible.
—¡Y para cuando esa maldita ventisca llegue, necesitaré algo más que un buen tarro de miel para calentarme los huesos! —dijo Thordin con una risa que resonó en el aire helado—. Por eso estamos aquí, sanadora. Tu ayuda podría ser lo único que nos mantenga en pie cuando nos enfrentemos a ese loco de Jargrim.
La puerta se abrió un poco más. Thordin, con su habitual carisma tosco, había logrado lo que el hechicero no había podido hasta ahora: romper la barrera invisible que separaba a Ildra del resto del mundo.
Finalmente, la sanadora apareció por completo. Era una mujer de mediana edad, con el cabello recogido en una trenza larga que caía sobre su hombro. Sus ojos, de un verde profundo, brillaban con una mezcla de sabiduría y cansancio, como si hubiera visto más sufrimiento del que cualquier persona debería haber soportado. Llevaba una túnica simple, sin adornos, pero en sus manos sostenía un bastón rústico de madera tallada, símbolo de su poder sobre las artes curativas.
—Así que habéis venido en busca de mi ayuda —dijo, estudiando a cada uno de los presentes con una mirada escrutadora. Luego, su mirada se posó en el regalo de plantas medicinales que llevaba el hechicero—. Y parece que habéis traído algo más que palabras.
Un leve movimiento de su cabeza fue suficiente para que la tensión del grupo disminuyera un poco. Sabían que no estaba completamente convencida, pero al menos había abierto la puerta, literal y figurativamente. Los tres sabían que ahora era el momento clave: debían mostrarle la magnitud de la amenaza que enfrentaban y convencerla de que su ayuda era crucial.
—El enemigo al que nos enfrentamos no es un simple hombre —continuó el hechicero, dando un paso adelante mientras le ofrecía la caja de plantas—. Jargrim no busca poder por codicia, sino por venganza. Quiere hundir estas tierras en un invierno eterno, y el Bastón del Hielo Eterno es la clave para lograrlo. Nosotros no somos suficientes para detenerlo... pero tú, con tus habilidades curativas, podrías marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Ildra lo miró detenidamente, como si intentara leer más allá de sus palabras. Luego, aceptó el regalo, inspeccionando las hierbas con la atención de una verdadera maestra de su arte. Durante varios segundos, el silencio volvió a apoderarse del claro, roto solo por el suave crujido de la nieve bajo sus pies.
—Hace muchos años, yo también fui una aventurera como vosotros —dijo, finalmente—. Y perdí mucho más de lo que gané. Desde entonces, he elegido este camino, lejos del conflicto. No busco el caos ni las batallas. Mi misión ahora es sanar, no luchar.
—Y precisamente por eso necesitamos tu ayuda —dijo el cazador, dando un paso adelante para unirse a la conversación. Su voz era tranquila, pero cargada de una gravedad que incluso Ildra pareció notar—. No queremos que luches. Queremos que sigas haciendo lo que mejor sabes hacer: sanar. Porque si fallamos, nadie quedará para hacerlo. Ni en estas tierras, ni en ninguna otra.
Las palabras de Skjorn parecieron resonar profundamente en la sanadora. Durante un largo momento, sus ojos buscaron los del cazador, quizás reconociendo en él una verdad que no había querido aceptar hasta ahora. El invierno ya estaba golpeando con fuerza, pero lo que se avecinaba sería mucho peor.
La sanadora inclinó ligeramente la cabeza, como si tomara una decisión que había estado evitando durante mucho tiempo.
—Acepto —dijo finalmente, aunque con una mirada de advertencia—, pero con una condición. No estaré en la primera línea de batalla. Mi lugar es detrás, asegurándome de que podáis volver vivos. Si respetáis esto, os acompañaré.
El hechicero asintió, satisfecho. Sabía que no podían haber pedido mejor acuerdo.
—Es más que suficiente —respondió, con una sonrisa leve—. Nuestra batalla es la tuya ahora, Ildra. Juntos, evitaremos que este invierno se convierta en el último.
Ildra, aún recelosa, cerró la puerta de su cabaña un momento, mientras probablemente recogía lo que necesitaba para el viaje. El grupo intercambió miradas de alivio; el primer obstáculo estaba superado, pero lo más difícil aún estaba por venir.
Thordin, siempre optimista, soltó una carcajada y golpeó el hombro del cazador.
—¿Ves? Te dije que un poco de miel siempre endulza los tratos.
Skjorn sonrió levemente, y el hechicero simplemente negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír ante el comentario del enano. El grupo estaba completo, y aunque el camino por delante era incierto, al menos sabían que no lo recorrerían solos.
Pronto, el gélido viento de los Valles Congelados de Karhold sería el único testigo de lo que sucediera entre ellos y Jargrim.
Ahora que la puerta de la cabaña de Ildra se había cerrado tras ella, el grupo compartió un breve momento de alivio. Sin embargo, la sanadora no había dado una aceptación total y sin reservas. Había accedido a acompañarlos, pero su expresión sugería que aún había preguntas sin responder, y no sería extraño que decidiera exponer más condiciones.
Con el viento gélido soplando en el claro, el grupo sabía que lo peor estaba por venir, y necesitaban estar completamente unidos y claros en su misión antes de dirigirse a los Valles Congelados de Karhold.
Ildra emergió nuevamente, esta vez con su capa de lana gruesa sobre los hombros y un par de bolsas que colgaban a ambos lados de su cinturón. En su rostro, sin embargo, aún persistía la sombra de la duda.
—Antes de que partamos, quiero dejar algo claro —dijo, cruzando los brazos—. Aunque he aceptado ayudaros, aún tengo algunas reservas. No me embarcaré en una misión de la que no conozca todos los detalles. Necesito saber exactamente qué riesgos estoy asumiendo, a quién nos enfrentamos y qué puedo esperar de vosotros. Si no estoy completamente convencida de que esto merece mi esfuerzo, podría reconsiderarlo. Este es mi refugio, y abandonarlo no es algo que haga a la ligera.
Fue entonces cuando el enano decidió intervenir, rompiendo el incómodo silencio de la manera más directa posible.
—¡Y para cuando esa maldita ventisca llegue, necesitaré algo más que un buen tarro de miel para calentarme los huesos! —dijo Thordin con una risa que resonó en el aire helado—. Por eso estamos aquí, sanadora. Tu ayuda podría ser lo único que nos mantenga en pie cuando nos enfrentemos a ese loco de Jargrim.
La puerta se abrió un poco más. Thordin, con su habitual carisma tosco, había logrado lo que el hechicero no había podido hasta ahora: romper la barrera invisible que separaba a Ildra del resto del mundo.
Finalmente, la sanadora apareció por completo. Era una mujer de mediana edad, con el cabello recogido en una trenza larga que caía sobre su hombro. Sus ojos, de un verde profundo, brillaban con una mezcla de sabiduría y cansancio, como si hubiera visto más sufrimiento del que cualquier persona debería haber soportado. Llevaba una túnica simple, sin adornos, pero en sus manos sostenía un bastón rústico de madera tallada, símbolo de su poder sobre las artes curativas.
—Así que habéis venido en busca de mi ayuda —dijo, estudiando a cada uno de los presentes con una mirada escrutadora. Luego, su mirada se posó en el regalo de plantas medicinales que llevaba el hechicero—. Y parece que habéis traído algo más que palabras.
Un leve movimiento de su cabeza fue suficiente para que la tensión del grupo disminuyera un poco. Sabían que no estaba completamente convencida, pero al menos había abierto la puerta, literal y figurativamente. Los tres sabían que ahora era el momento clave: debían mostrarle la magnitud de la amenaza que enfrentaban y convencerla de que su ayuda era crucial.
—El enemigo al que nos enfrentamos no es un simple hombre —continuó el hechicero, dando un paso adelante mientras le ofrecía la caja de plantas—. Jargrim no busca poder por codicia, sino por venganza. Quiere hundir estas tierras en un invierno eterno, y el Bastón del Hielo Eterno es la clave para lograrlo. Nosotros no somos suficientes para detenerlo... pero tú, con tus habilidades curativas, podrías marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Ildra lo miró detenidamente, como si intentara leer más allá de sus palabras. Luego, aceptó el regalo, inspeccionando las hierbas con la atención de una verdadera maestra de su arte. Durante varios segundos, el silencio volvió a apoderarse del claro, roto solo por el suave crujido de la nieve bajo sus pies.
—Hace muchos años, yo también fui una aventurera como vosotros —dijo, finalmente—. Y perdí mucho más de lo que gané. Desde entonces, he elegido este camino, lejos del conflicto. No busco el caos ni las batallas. Mi misión ahora es sanar, no luchar.
—Y precisamente por eso necesitamos tu ayuda —dijo el cazador, dando un paso adelante para unirse a la conversación. Su voz era tranquila, pero cargada de una gravedad que incluso Ildra pareció notar—. No queremos que luches. Queremos que sigas haciendo lo que mejor sabes hacer: sanar. Porque si fallamos, nadie quedará para hacerlo. Ni en estas tierras, ni en ninguna otra.
Las palabras de Skjorn parecieron resonar profundamente en la sanadora. Durante un largo momento, sus ojos buscaron los del cazador, quizás reconociendo en él una verdad que no había querido aceptar hasta ahora. El invierno ya estaba golpeando con fuerza, pero lo que se avecinaba sería mucho peor.
La sanadora inclinó ligeramente la cabeza, como si tomara una decisión que había estado evitando durante mucho tiempo.
—Acepto —dijo finalmente, aunque con una mirada de advertencia—, pero con una condición. No estaré en la primera línea de batalla. Mi lugar es detrás, asegurándome de que podáis volver vivos. Si respetáis esto, os acompañaré.
El hechicero asintió, satisfecho. Sabía que no podían haber pedido mejor acuerdo.
—Es más que suficiente —respondió, con una sonrisa leve—. Nuestra batalla es la tuya ahora, Ildra. Juntos, evitaremos que este invierno se convierta en el último.
Ildra, aún recelosa, cerró la puerta de su cabaña un momento, mientras probablemente recogía lo que necesitaba para el viaje. El grupo intercambió miradas de alivio; el primer obstáculo estaba superado, pero lo más difícil aún estaba por venir.
Thordin, siempre optimista, soltó una carcajada y golpeó el hombro del cazador.
—¿Ves? Te dije que un poco de miel siempre endulza los tratos.
Skjorn sonrió levemente, y el hechicero simplemente negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír ante el comentario del enano. El grupo estaba completo, y aunque el camino por delante era incierto, al menos sabían que no lo recorrerían solos.
Pronto, el gélido viento de los Valles Congelados de Karhold sería el único testigo de lo que sucediera entre ellos y Jargrim.
Ahora que la puerta de la cabaña de Ildra se había cerrado tras ella, el grupo compartió un breve momento de alivio. Sin embargo, la sanadora no había dado una aceptación total y sin reservas. Había accedido a acompañarlos, pero su expresión sugería que aún había preguntas sin responder, y no sería extraño que decidiera exponer más condiciones.
Con el viento gélido soplando en el claro, el grupo sabía que lo peor estaba por venir, y necesitaban estar completamente unidos y claros en su misión antes de dirigirse a los Valles Congelados de Karhold.
Ildra emergió nuevamente, esta vez con su capa de lana gruesa sobre los hombros y un par de bolsas que colgaban a ambos lados de su cinturón. En su rostro, sin embargo, aún persistía la sombra de la duda.
—Antes de que partamos, quiero dejar algo claro —dijo, cruzando los brazos—. Aunque he aceptado ayudaros, aún tengo algunas reservas. No me embarcaré en una misión de la que no conozca todos los detalles. Necesito saber exactamente qué riesgos estoy asumiendo, a quién nos enfrentamos y qué puedo esperar de vosotros. Si no estoy completamente convencida de que esto merece mi esfuerzo, podría reconsiderarlo. Este es mi refugio, y abandonarlo no es algo que haga a la ligera.
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
Su tono, aunque calmado, llevaba una fuerza que no podía ignorarse. Estaba claro que la sanadora no iba a actuar de manera impulsiva o sin asegurarse de que cada detalle estuviera claro.
El grupo se mantuvo en silencio cuando Ildra, habló con firmeza. Había aceptado su petición, sí, pero no estaba dispuesta a seguir adelante sin asegurarse de que todo fuera exactamente como esperaba. Sus ojos, serenos pero decididos, se posaron primero en el hechicero y luego en el resto de los compañeros, como si los estuviera evaluando una vez más.
—Antes de que tomemos cualquier camino —dijo con una calma fría—, quiero dejar en claro algunas cosas. Mi rol en esta misión no es luchar, ya os lo he dicho. Pero eso no es todo. Necesito saber que habrá un lugar seguro para mí cuando lleguemos a los Valles Congelados de Karhold. Mi magia curativa no es efectiva en el caos de una batalla abierta. Si no tengo un espacio donde pueda concentrarme y donde pueda estar protegida, no podré seros útil.
El enano, siempre dispuesto a tomar la palabra, estaba a punto de intervenir, pero Ildra levantó una mano antes de que pudiera hablar.
—Y además —continuó, mirando directamente al hechicero—, necesito conocer más de lo que enfrentamos. No basta con saber que es un bastón y que ese Jargrim busca el invierno eterno. Quiero detalles: ¿cuántos seguidores tiene?, ¿qué tipo de magia usan?, ¿qué plan tenéis vosotros para enfrentarlos?. No me voy a lanzar al peligro a ciegas y confiar en que todo saldrá bien.
La tensión en el aire era palpable. Ildra había aceptado ayudarles, pero claramente no iba a comprometer su vida ni su refugio sin una razón de peso. Era el tipo de mujer que había visto lo suficiente en su vida para no dejarse llevar por promesas vacías o intenciones nobles mal planificadas.
El hechicero, viendo la seriedad en los ojos de la mujer, comprendió que este era el momento de hablar con franqueza. No había espacio para engaños o palabras suaves. Debía exponer la misión tal cual era, con todos sus riesgos y peligros, o perdería a la sanadora antes incluso de empezar el viaje.
Dio un paso adelante, tomando aire antes de comenzar a hablar.
—Tienes razón al exigir más información, y te la daré —empezó, con un tono de sinceridad que esperaba que la convenciera—. Nos enfrentamos a Jargrim Piel de Escarcha, un hombre obsesionado con el poder del Bastón del Hielo Eterno. Tiene cuatro seguidores principales, todos ellos mortales en su propio derecho, conocidos como los Hijos del Invierno. Cada uno de ellos maneja habilidades vinculadas al frío y al hielo de una manera que los hace casi tan peligrosos como su líder. Freya Diente de Hielo es una cazadora mortal, capaz de moverse en silencio y sin ser vista entre la nieve, armada con cuchillos forjados en hielo negro. Bjorn el Resquebrajado es un gigante de hombre, capaz de invocar grandes bloques de hielo para aplastar a sus enemigos. Sigrid la Escarcha Sagrada es una clériga del frío, capaz de curar a sus aliados y maldecir a sus enemigos y finalmente, Thrain el Susurro del Viento es un asesino letal que se mueve con la velocidad del viento ártico, eliminando a sus presas antes de que se den cuenta de su presencia.
Los ojos de Ildra se entrecerraron mientras procesaba la información.
—Eso es exactamente lo que necesitaba saber —dijo ella, con un tono menos rígido—. Pero hay algo más que me preocupa. ¿Cómo planeáis derrotar a todos ellos y a Jargrim?, no es suficiente con conocerlos. ¿Cuál es vuestra estrategia?.
Skjorn fue el siguiente en hablar. Su tono, tranquilo y calculado, complementaba perfectamente la gravedad de la situación.
—No iremos sin un plan. Al llegar a los Valles Congelados, haremos un reconocimiento del terreno. Necesitamos evaluar su fortaleza antes de lanzarnos de lleno. Y tú, Ildra, estarás protegida. Encontraremos un lugar seguro para que puedas hacer tu trabajo, lejos del campo de batalla. Mientras tanto, nosotros nos encargaremos de los Hijos del Invierno.
Ildra escuchó con atención, asintiendo lentamente.
—Está bien —dijo finalmente—. Si puedo contar con un lugar protegido y con que seréis cuidadosos, entonces seguiré adelante. Pero recordad, mi objetivo es manteneros vivos. No esperéis de mí que derrame sangre.
El grupo, ahora con la aceptación completa de la sanadora, intercambió miradas de alivio. El siguiente paso era claro: unirse como un equipo fuerte y preparado antes de enfrentar los horrores de los valles.
Con la tensión algo más relajada, se decidió que el momento de exponer los detalles más peligrosos y los desafíos que enfrentaban había llegado por completo. El hechicero explicó más profundamente lo que sabían sobre los Hijos del Invierno, desde las fortalezas de sus enemigos hasta los posibles peligros del terreno en el que lucharían. Freya Diente de Hielo, con su capacidad de atacar desde las sombras; Bjorn el Resquebrajado, cuya fuerza bruta podría aplastarlos si no tomaban precauciones; Sigrid la Escarcha Sagrada, quien tendría el poder de revertir cualquier daño que causaran si no la neutralizaban rápidamente; y Thrain el Susurro del Viento, cuya velocidad y habilidad para pasar desapercibido lo convertían en una amenaza que acechaba desde las sombras.
La sanadora escuchó con atención, asentía ocasionalmente, tomando nota mental de cada detalle. La franqueza del hechicero y la claridad de los peligros que enfrentarían le aseguraron que no estaba siendo lanzada a una misión imposible sin información.
—Ahora comprendo mejor los riesgos —dijo Ildra—. Si queréis que os acompañe, necesito que todos estéis completamente alineados con este plan. No podemos fallar en esto, no si lo que dices sobre el invierno eterno es cierto.
El grupo asintió al unísono, completamente consciente de que cualquier desvío de su misión podía significar su ruina.
Finalmente, tras discutir la estrategia y asegurarse de que todos comprendían la magnitud de lo que enfrentaban, el grupo decidió que antes de partir hacia los Valles Congelados, necesitaban algo más: descanso. Sabían que las horas por venir serían las más agotadoras y peligrosas de sus vidas, y era imperativo que estuvieran en la mejor condición física y mental posible.
—Lo mejor será regresar al pueblo —sugirió Skjorn, rompiendo el silencio que se había instalado tras la larga conversación—. Descansaremos esta noche en Nievequiebra. Mañana, partimos al amanecer.
La decisión fue unánime. No podían permitirse adentrarse en el corazón de la batalla exhaustos o mal preparados. Una última noche en el calor y la seguridad del pueblo sería lo que les daría las fuerzas necesarias para enfrentarse a lo que estaba por venir.
El grupo se mantuvo en silencio cuando Ildra, habló con firmeza. Había aceptado su petición, sí, pero no estaba dispuesta a seguir adelante sin asegurarse de que todo fuera exactamente como esperaba. Sus ojos, serenos pero decididos, se posaron primero en el hechicero y luego en el resto de los compañeros, como si los estuviera evaluando una vez más.
—Antes de que tomemos cualquier camino —dijo con una calma fría—, quiero dejar en claro algunas cosas. Mi rol en esta misión no es luchar, ya os lo he dicho. Pero eso no es todo. Necesito saber que habrá un lugar seguro para mí cuando lleguemos a los Valles Congelados de Karhold. Mi magia curativa no es efectiva en el caos de una batalla abierta. Si no tengo un espacio donde pueda concentrarme y donde pueda estar protegida, no podré seros útil.
El enano, siempre dispuesto a tomar la palabra, estaba a punto de intervenir, pero Ildra levantó una mano antes de que pudiera hablar.
—Y además —continuó, mirando directamente al hechicero—, necesito conocer más de lo que enfrentamos. No basta con saber que es un bastón y que ese Jargrim busca el invierno eterno. Quiero detalles: ¿cuántos seguidores tiene?, ¿qué tipo de magia usan?, ¿qué plan tenéis vosotros para enfrentarlos?. No me voy a lanzar al peligro a ciegas y confiar en que todo saldrá bien.
La tensión en el aire era palpable. Ildra había aceptado ayudarles, pero claramente no iba a comprometer su vida ni su refugio sin una razón de peso. Era el tipo de mujer que había visto lo suficiente en su vida para no dejarse llevar por promesas vacías o intenciones nobles mal planificadas.
El hechicero, viendo la seriedad en los ojos de la mujer, comprendió que este era el momento de hablar con franqueza. No había espacio para engaños o palabras suaves. Debía exponer la misión tal cual era, con todos sus riesgos y peligros, o perdería a la sanadora antes incluso de empezar el viaje.
Dio un paso adelante, tomando aire antes de comenzar a hablar.
—Tienes razón al exigir más información, y te la daré —empezó, con un tono de sinceridad que esperaba que la convenciera—. Nos enfrentamos a Jargrim Piel de Escarcha, un hombre obsesionado con el poder del Bastón del Hielo Eterno. Tiene cuatro seguidores principales, todos ellos mortales en su propio derecho, conocidos como los Hijos del Invierno. Cada uno de ellos maneja habilidades vinculadas al frío y al hielo de una manera que los hace casi tan peligrosos como su líder. Freya Diente de Hielo es una cazadora mortal, capaz de moverse en silencio y sin ser vista entre la nieve, armada con cuchillos forjados en hielo negro. Bjorn el Resquebrajado es un gigante de hombre, capaz de invocar grandes bloques de hielo para aplastar a sus enemigos. Sigrid la Escarcha Sagrada es una clériga del frío, capaz de curar a sus aliados y maldecir a sus enemigos y finalmente, Thrain el Susurro del Viento es un asesino letal que se mueve con la velocidad del viento ártico, eliminando a sus presas antes de que se den cuenta de su presencia.
Los ojos de Ildra se entrecerraron mientras procesaba la información.
—Eso es exactamente lo que necesitaba saber —dijo ella, con un tono menos rígido—. Pero hay algo más que me preocupa. ¿Cómo planeáis derrotar a todos ellos y a Jargrim?, no es suficiente con conocerlos. ¿Cuál es vuestra estrategia?.
Skjorn fue el siguiente en hablar. Su tono, tranquilo y calculado, complementaba perfectamente la gravedad de la situación.
—No iremos sin un plan. Al llegar a los Valles Congelados, haremos un reconocimiento del terreno. Necesitamos evaluar su fortaleza antes de lanzarnos de lleno. Y tú, Ildra, estarás protegida. Encontraremos un lugar seguro para que puedas hacer tu trabajo, lejos del campo de batalla. Mientras tanto, nosotros nos encargaremos de los Hijos del Invierno.
Ildra escuchó con atención, asintiendo lentamente.
—Está bien —dijo finalmente—. Si puedo contar con un lugar protegido y con que seréis cuidadosos, entonces seguiré adelante. Pero recordad, mi objetivo es manteneros vivos. No esperéis de mí que derrame sangre.
El grupo, ahora con la aceptación completa de la sanadora, intercambió miradas de alivio. El siguiente paso era claro: unirse como un equipo fuerte y preparado antes de enfrentar los horrores de los valles.
Con la tensión algo más relajada, se decidió que el momento de exponer los detalles más peligrosos y los desafíos que enfrentaban había llegado por completo. El hechicero explicó más profundamente lo que sabían sobre los Hijos del Invierno, desde las fortalezas de sus enemigos hasta los posibles peligros del terreno en el que lucharían. Freya Diente de Hielo, con su capacidad de atacar desde las sombras; Bjorn el Resquebrajado, cuya fuerza bruta podría aplastarlos si no tomaban precauciones; Sigrid la Escarcha Sagrada, quien tendría el poder de revertir cualquier daño que causaran si no la neutralizaban rápidamente; y Thrain el Susurro del Viento, cuya velocidad y habilidad para pasar desapercibido lo convertían en una amenaza que acechaba desde las sombras.
La sanadora escuchó con atención, asentía ocasionalmente, tomando nota mental de cada detalle. La franqueza del hechicero y la claridad de los peligros que enfrentarían le aseguraron que no estaba siendo lanzada a una misión imposible sin información.
—Ahora comprendo mejor los riesgos —dijo Ildra—. Si queréis que os acompañe, necesito que todos estéis completamente alineados con este plan. No podemos fallar en esto, no si lo que dices sobre el invierno eterno es cierto.
El grupo asintió al unísono, completamente consciente de que cualquier desvío de su misión podía significar su ruina.
Finalmente, tras discutir la estrategia y asegurarse de que todos comprendían la magnitud de lo que enfrentaban, el grupo decidió que antes de partir hacia los Valles Congelados, necesitaban algo más: descanso. Sabían que las horas por venir serían las más agotadoras y peligrosas de sus vidas, y era imperativo que estuvieran en la mejor condición física y mental posible.
—Lo mejor será regresar al pueblo —sugirió Skjorn, rompiendo el silencio que se había instalado tras la larga conversación—. Descansaremos esta noche en Nievequiebra. Mañana, partimos al amanecer.
La decisión fue unánime. No podían permitirse adentrarse en el corazón de la batalla exhaustos o mal preparados. Una última noche en el calor y la seguridad del pueblo sería lo que les daría las fuerzas necesarias para enfrentarse a lo que estaba por venir.
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
El grupo comenzó a dirigirse de vuelta hacia Nievequiebra, dejando atrás la cabaña de Ildra, conscientes de que la calma que ahora sentían pronto se rompería bajo el frío mortal de los valles.
Ildra regresó a su cabaña con pasos silenciosos pero firmes. Aunque había aceptado unirse al grupo, su instinto le pedía estar completamente preparada para lo que pudiera suceder. Sabía que la magia de la sanación no bastaría por sí sola; los desafíos que les esperaban requerirían mucho más que simples remedios o encantamientos menores. El tiempo era crucial, pero no se apresuró. Cada objeto que recogía tenía un propósito, cada herramienta había demostrado su valor en años pasados.
Los demás la esperaban fuera, con la nieve cayendo levemente sobre sus hombros. Thordin, con su paciencia limitada, golpeaba el suelo con la parte inferior de su martillo, formando pequeños cráteres en la nieve. Skjorn, el cazador, permanecía alerta, observando la línea de árboles que bordeaba el camino de regreso. Y el hechicero, envuelto en su bufanda azul, mantenía su mirada fija en la puerta de la cabaña, consciente de la gravedad de lo que les esperaba.
Cuando Ildra salió finalmente, iba cargada con una pequeña bolsa de cuero, perfectamente preparada con hierbas curativas y algunos viales de pociones. Su bastón de madera, sencillo pero claramente imbuido de energía, descansaba en su mano derecha.
—Estoy lista —dijo con calma, su voz apenas rompiendo el silencio que el frío había creado.
Sin más palabras, el grupo partió hacia Nievequiebra con pasos firmes en la nieve que crujía bajo sus pies. Aunque el aire era gélido, había una especie de confort en el hecho de que estaban a punto de disfrutar una última noche en el calor del pueblo antes de dirigirse hacia el corazón de la tormenta. Los Valles Congelados de Karhold aún les aguardaban, pero por ahora, el objetivo era claro: llegar a Nievequiebra y descansar.
Estuvieron un par de horas caminando en silencio, cada uno de ellos inmerso en sus propios pensamientos. A medida que se acercaban al pueblo, la oscuridad del bosque se volvía más densa, y la nieve caía con mayor intensidad. El viento, cada vez más frío, parecía arrastrar algo más que simples copos de nieve. Skjorn, siempre alerta, fue el primero en notar la anomalía.
—Deteneos —murmuró el cazador, levantando una mano para llamar la atención de sus compañeros.
El grupo se detuvo de inmediato. El silencio que reinaba a su alrededor se sentía antinatural, como si algo en el aire estuviera esperando. El cazador inclinó la cabeza, escuchando el viento. No era el simple silbido de la brisa lo que le inquietaba, sino algo más profundo y ominoso. Iskandar, al ver la tensión en el rostro de Skjorn, comenzó a canalizar su energía mágica, preparándose para lo peor.
El ataque llegó antes de que pudieran reaccionar completamente.
Desde los árboles a su izquierda, varias figuras translúcidas emergieron, brillando con un resplandor azul frío. Criaturas humanoides de hielo, sus cuerpos formados por placas de escarcha afilada que crujían con cada paso. Los Vestigios de Escarcha habían llegado. Se movían rápidamente, con la intención de rodear al grupo. Sus ojos, vacíos de vida, brillaban con una luz que solo sugería un único propósito: aniquilación.
—¡Criaturas de hielo! —gruñó Thordin, alzando su martillo mientras una de las figuras se lanzaba hacia él.

Vestigios de escarcha
El impacto resonó en el aire cuando el enano descargó un golpe brutal sobre la primera criatura que se puso a su alcance, haciéndola retroceder unos metros pero no lo suficiente para detenerla. Los fragmentos de hielo estallaron en el aire, pero la criatura comenzó a regenerarse casi de inmediato.
—¡Malditas cosas no se rinden! —gritó Thordin con frustración mientras otra de las criaturas se acercaba desde el otro lado.
Skjorn, con la velocidad de un cazador experimentado, soltó una flecha directamente hacia la criatura más cercana, perforando su torso helado a la altura donde un humano tendría el corazón. Sin embargo, la criatura apenas pareció sentir el impacto. La flecha se quedó atrapada en su cuerpo de hielo, pero no la detuvo. Era como si el frío fuera una extensión de su ser, inmune a los ataques convencionales.
Iskandar, con los ojos brillando con la energía de la magia, levantó la mano, pronunciando un encantamiento rápido. De sus dedos emanó un rayo de frío controlado que se lanzó hacia una de las criaturas. El hechizo impactó en su cuerpo, pero en lugar de destruirla, pareció fortalecerla, alimentando su naturaleza gélida.
—¡Son inmunes al frío! —gritó el hechicero—. ¡Necesitamos otra estrategia!.
Ildra, que había permanecido ligeramente alejada de la primera línea de combate, levantó su bastón y comenzó a canalizar un hechizo curativo, preparándose para intervenir en caso de que alguno de sus compañeros fuera herido gravemente. Mientras lo hacía, una de las criaturas cambió de dirección, avanzando hacia ella. Los ojos de la sanadora se estrecharon mientras evaluaba la amenaza.
Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, Skjorn lanzó otra flecha, esta vez dirigida al punto de luz que brillaba en el pecho de la criatura. La flecha, afilada y precisa, atravesó el pecho helado del ser, y por un instante, la criatura titubeó. Parecía que había un punto débil en su interior, un núcleo de hielo puro que mantenía su forma cohesionada.
—¡El núcleo! —gritó Skjorn, preparando otra flecha—. ¡Apuntad a sus núcleos!.
Al escuchar esto, Thordin cambió de táctica. Con un rugido de batalla, se lanzó hacia la criatura más cercana, su martillo brillando bajo la luz de la luna mientras lo alzaba con ambas manos. Esta vez, dirigió el golpe directamente hacia el centro del pecho de la criatura. El impacto fue devastador. El hielo crujió y estalló en fragmentos cuando el núcleo fue destruido, desmoronando a la criatura en una pila de escarcha rota.
—¡Bien hecho, enano! —gritó Ildra, observando cómo Thordin se preparaba para otro ataque.
Las criaturas, aunque implacables, no eran invencibles. Con la nueva estrategia en mente, el grupo comenzó a concentrarse en los núcleos de cada ser, derribándolos uno a uno. Iskandar, consciente de que sus hechizos de hielo no serían efectivos, utilizó magia de barrera para proteger al grupo, permitiendo a Thordin y Skjorn concentrarse en los ataques directos.
La batalla fue feroz pero breve. Con cada criatura que caía, la amenaza se desvanecía lentamente, hasta que finalmente, el último de los Vestigios de la Escarcha fue destruido.
El grupo se quedó en silencio, rodeado por los restos de las criaturas heladas, respirando pesadamente tras el esfuerzo del combate.
—Esto fue solo un aviso —dijo Skjorn, con el rostro serio—. Si esto es lo que Jargrim puede mandar a por nosotros ahora, el verdadero enfrentamiento será mucho peor.
Ildra, aún tranquila pese a la intensidad de la batalla, miró los restos de las criaturas con un toque de inquietud en sus ojos.
—No fue solo magia, ni pura malicia. Estas cosas fueron creadas con propósito, atrapando algo en su interior... —murmuró, como si estuviera evaluando los restos.
Iskandar asintió, observando a la sanadora. No era el momento de detenerse a investigar los vestigios de los enemigos caídos. Nievequiebra les esperaba, y con suerte, allí podrían tomar un respiro antes de enfrentarse a la verdadera amenaza que les aguardaba en los Valles Congelados de Karhold.
Sin embargo, el hechicero sabía que el tiempo estaba en su contra. Cada batalla que enfrentaban les desgastaba un poco más, y Jargrim se acercaba más a su objetivo con cada momento que pasaba.
El grupo se recompuso y continuó su marcha hacia el pueblo, sabiendo que el descanso que tendrían esa noche sería probablemente el último antes de enfrentarse a su destino final.
Ildra regresó a su cabaña con pasos silenciosos pero firmes. Aunque había aceptado unirse al grupo, su instinto le pedía estar completamente preparada para lo que pudiera suceder. Sabía que la magia de la sanación no bastaría por sí sola; los desafíos que les esperaban requerirían mucho más que simples remedios o encantamientos menores. El tiempo era crucial, pero no se apresuró. Cada objeto que recogía tenía un propósito, cada herramienta había demostrado su valor en años pasados.
Los demás la esperaban fuera, con la nieve cayendo levemente sobre sus hombros. Thordin, con su paciencia limitada, golpeaba el suelo con la parte inferior de su martillo, formando pequeños cráteres en la nieve. Skjorn, el cazador, permanecía alerta, observando la línea de árboles que bordeaba el camino de regreso. Y el hechicero, envuelto en su bufanda azul, mantenía su mirada fija en la puerta de la cabaña, consciente de la gravedad de lo que les esperaba.
Cuando Ildra salió finalmente, iba cargada con una pequeña bolsa de cuero, perfectamente preparada con hierbas curativas y algunos viales de pociones. Su bastón de madera, sencillo pero claramente imbuido de energía, descansaba en su mano derecha.
—Estoy lista —dijo con calma, su voz apenas rompiendo el silencio que el frío había creado.
Sin más palabras, el grupo partió hacia Nievequiebra con pasos firmes en la nieve que crujía bajo sus pies. Aunque el aire era gélido, había una especie de confort en el hecho de que estaban a punto de disfrutar una última noche en el calor del pueblo antes de dirigirse hacia el corazón de la tormenta. Los Valles Congelados de Karhold aún les aguardaban, pero por ahora, el objetivo era claro: llegar a Nievequiebra y descansar.
Estuvieron un par de horas caminando en silencio, cada uno de ellos inmerso en sus propios pensamientos. A medida que se acercaban al pueblo, la oscuridad del bosque se volvía más densa, y la nieve caía con mayor intensidad. El viento, cada vez más frío, parecía arrastrar algo más que simples copos de nieve. Skjorn, siempre alerta, fue el primero en notar la anomalía.
—Deteneos —murmuró el cazador, levantando una mano para llamar la atención de sus compañeros.
El grupo se detuvo de inmediato. El silencio que reinaba a su alrededor se sentía antinatural, como si algo en el aire estuviera esperando. El cazador inclinó la cabeza, escuchando el viento. No era el simple silbido de la brisa lo que le inquietaba, sino algo más profundo y ominoso. Iskandar, al ver la tensión en el rostro de Skjorn, comenzó a canalizar su energía mágica, preparándose para lo peor.
El ataque llegó antes de que pudieran reaccionar completamente.
Desde los árboles a su izquierda, varias figuras translúcidas emergieron, brillando con un resplandor azul frío. Criaturas humanoides de hielo, sus cuerpos formados por placas de escarcha afilada que crujían con cada paso. Los Vestigios de Escarcha habían llegado. Se movían rápidamente, con la intención de rodear al grupo. Sus ojos, vacíos de vida, brillaban con una luz que solo sugería un único propósito: aniquilación.
—¡Criaturas de hielo! —gruñó Thordin, alzando su martillo mientras una de las figuras se lanzaba hacia él.
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Vestigios de escarcha
El impacto resonó en el aire cuando el enano descargó un golpe brutal sobre la primera criatura que se puso a su alcance, haciéndola retroceder unos metros pero no lo suficiente para detenerla. Los fragmentos de hielo estallaron en el aire, pero la criatura comenzó a regenerarse casi de inmediato.
—¡Malditas cosas no se rinden! —gritó Thordin con frustración mientras otra de las criaturas se acercaba desde el otro lado.
Skjorn, con la velocidad de un cazador experimentado, soltó una flecha directamente hacia la criatura más cercana, perforando su torso helado a la altura donde un humano tendría el corazón. Sin embargo, la criatura apenas pareció sentir el impacto. La flecha se quedó atrapada en su cuerpo de hielo, pero no la detuvo. Era como si el frío fuera una extensión de su ser, inmune a los ataques convencionales.
Iskandar, con los ojos brillando con la energía de la magia, levantó la mano, pronunciando un encantamiento rápido. De sus dedos emanó un rayo de frío controlado que se lanzó hacia una de las criaturas. El hechizo impactó en su cuerpo, pero en lugar de destruirla, pareció fortalecerla, alimentando su naturaleza gélida.
—¡Son inmunes al frío! —gritó el hechicero—. ¡Necesitamos otra estrategia!.
Ildra, que había permanecido ligeramente alejada de la primera línea de combate, levantó su bastón y comenzó a canalizar un hechizo curativo, preparándose para intervenir en caso de que alguno de sus compañeros fuera herido gravemente. Mientras lo hacía, una de las criaturas cambió de dirección, avanzando hacia ella. Los ojos de la sanadora se estrecharon mientras evaluaba la amenaza.
Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, Skjorn lanzó otra flecha, esta vez dirigida al punto de luz que brillaba en el pecho de la criatura. La flecha, afilada y precisa, atravesó el pecho helado del ser, y por un instante, la criatura titubeó. Parecía que había un punto débil en su interior, un núcleo de hielo puro que mantenía su forma cohesionada.
—¡El núcleo! —gritó Skjorn, preparando otra flecha—. ¡Apuntad a sus núcleos!.
Al escuchar esto, Thordin cambió de táctica. Con un rugido de batalla, se lanzó hacia la criatura más cercana, su martillo brillando bajo la luz de la luna mientras lo alzaba con ambas manos. Esta vez, dirigió el golpe directamente hacia el centro del pecho de la criatura. El impacto fue devastador. El hielo crujió y estalló en fragmentos cuando el núcleo fue destruido, desmoronando a la criatura en una pila de escarcha rota.
—¡Bien hecho, enano! —gritó Ildra, observando cómo Thordin se preparaba para otro ataque.
Las criaturas, aunque implacables, no eran invencibles. Con la nueva estrategia en mente, el grupo comenzó a concentrarse en los núcleos de cada ser, derribándolos uno a uno. Iskandar, consciente de que sus hechizos de hielo no serían efectivos, utilizó magia de barrera para proteger al grupo, permitiendo a Thordin y Skjorn concentrarse en los ataques directos.
La batalla fue feroz pero breve. Con cada criatura que caía, la amenaza se desvanecía lentamente, hasta que finalmente, el último de los Vestigios de la Escarcha fue destruido.
El grupo se quedó en silencio, rodeado por los restos de las criaturas heladas, respirando pesadamente tras el esfuerzo del combate.
—Esto fue solo un aviso —dijo Skjorn, con el rostro serio—. Si esto es lo que Jargrim puede mandar a por nosotros ahora, el verdadero enfrentamiento será mucho peor.
Ildra, aún tranquila pese a la intensidad de la batalla, miró los restos de las criaturas con un toque de inquietud en sus ojos.
—No fue solo magia, ni pura malicia. Estas cosas fueron creadas con propósito, atrapando algo en su interior... —murmuró, como si estuviera evaluando los restos.
Iskandar asintió, observando a la sanadora. No era el momento de detenerse a investigar los vestigios de los enemigos caídos. Nievequiebra les esperaba, y con suerte, allí podrían tomar un respiro antes de enfrentarse a la verdadera amenaza que les aguardaba en los Valles Congelados de Karhold.
Sin embargo, el hechicero sabía que el tiempo estaba en su contra. Cada batalla que enfrentaban les desgastaba un poco más, y Jargrim se acercaba más a su objetivo con cada momento que pasaba.
El grupo se recompuso y continuó su marcha hacia el pueblo, sabiendo que el descanso que tendrían esa noche sería probablemente el último antes de enfrentarse a su destino final.
Ishkhaqwi ai durugnul!
Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
Que bueno Golon!
Voy leyendo de a cachos pero me gusta mucho el uso que le estás dando a la IA.
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"Apathy's a tragedy
And boredom is a crime"
GNU Terry Pratchett
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Re: Las fantabulosas y hepatantes aventuras de Iskandar Nevaluna
El Respiro en Nievequiebra
El aire frío y gélido que envolvía a Nievequiebra parecía suavizarse ligeramente cuando el grupo cruzó la entrada del pueblo. El cielo nocturno, cubierto de nubes grises, dejaba caer copos de nieve que se arremolinaban con el viento, envolviendo las calles de piedra y madera en un manto blanco. Las luces cálidas de las casas y la taberna parpadeaban entre la tormenta, una promesa de refugio tras el combate con los Vestigios de la Escarcha.
Habían logrado derrotar a las criaturas de hielo en su emboscada, pero todos sentían el peso del cansancio acumulado. Thordin aún respiraba con dificultad tras haber destrozado a la última criatura, y Skjorn, aunque sereno, mantenía una mirada vigilante, como si esperara que algo más surgiera de entre las sombras. Iskandar, por su parte, había gastado buena parte de su energía mágica defendiendo al grupo, y el hechicero sentía cómo el frío comenzaba a colarse por debajo de su bufanda azul, un frío más intenso que el físico, nacido del desgaste. Solo Ildra parecía estar tranquila, aunque las líneas de preocupación en su rostro revelaban que la sanadora también sentía la tensión de lo que se avecinaba.
—El pueblo no ha cambiado nada —comentó Thordin con una risa seca, mientras dejaba descansar el martillo pesadamente sobre su hombro—. Siempre tan pequeño, pero al menos la cerveza sigue igual de buena.
El grupo avanzó por las calles silenciosas, sintiendo la calma que ofrecía Nievequiebra después del caos del camino. El pueblo, aunque modesto, tenía una extraña sensación de calidez. Las casas, hechas de madera oscura y techos cubiertos de nieve, eran pequeñas fortalezas contra el invierno inclemente que rodeaba la región. Aunque las sombras del peligro aún colgaban sobre ellos, al menos por esta noche, podrían permitirse un breve descanso.
La Taberna del Pingüino Temerario les aguardaba con su luz acogedora, y la idea de una comida caliente y un lugar junto al fuego comenzaba a parecer la recompensa perfecta por los esfuerzos del día. El grupo empujó la puerta de la taberna, y el aire caliente los envolvió de inmediato, acompañado por el sonido de risas, el crepitar del fuego y el olor a guiso humeante.
El tabernero, un hombre robusto con las cejas tan gruesas como su bigote, levantó la vista al verlos entrar y sonrió ampliamente, reconociendo a Thordin de inmediato.
—¡Ah, el enano ha vuelto!, ¿vienes a beberte la despensa otra vez? —dijo, cruzando los brazos con una sonrisa maliciosa.
Thordin soltó una carcajada, sacudiendo la nieve de su capa.
—Solo si tienes algo que valga la pena beber, viejo amigo. Y mejor que sea fuerte, porque hemos visto cosas hoy que harían que tu cerveza pareciera agua.
El tabernero los recibió con el mismo aire desenfadado de siempre, pero la mirada que les lanzó, rápida y astuta, mostraba que había notado su cansancio y la urgencia en sus ojos. Sabía que algo grave estaba ocurriendo, incluso si no lo habían expresado directamente.
—Encontrad una mesa —dijo—. Traeré algo caliente para el estómago y la garganta. Parecéis necesitarlo.
El grupo se instaló en una mesa cercana al fuego, agradeciendo el calor que les ofrecía la chimenea. Skjorn colgó su arco en el respaldo de la silla, mientras Ildra se sentaba con cuidado, acomodando su bastón a su lado. Aunque el lugar era acogedor, la tensión en el aire no había desaparecido del todo.
—Mañana, nos espera el viaje a los Valles Congelados de Karhold —dijo el hechicero, rompiendo el silencio—. Jargrim está cerca de encontrar el Bastón del Hielo Eterno, y no podemos permitir que lo consiga. Si lo hace, el invierno que ahora cubre estas tierras será eterno, y nadie escapará a su tiranía.
Ildra asintió lentamente, dejando que las llamas del fuego iluminaran su rostro.
—Lo sé. Pero antes de lanzarnos a la tormenta, debemos estar completamente preparados. No solo físicamente, sino mentalmente. Las criaturas que nos emboscaron eran solo una fracción del poder que Jargrim puede convocar. Los Hijos del Invierno estarán esperando en los Valles. Y debemos enfrentarlos con algo más que fuerza bruta.
La voz de Ildra era suave pero firme. Sabía que no bastaba con pelear: la estrategia y la unidad eran esenciales. Su mirada se encontró con la de cada uno de sus compañeros, como para asegurarse de que entendieran la magnitud de lo que estaban a punto de enfrentar.
Skjorn, siempre pragmático, intervino.
—Haremos un reconocimiento antes de adentrarnos en su territorio. No podemos permitirnos caer en otra emboscada. Necesitamos saber dónde están, cómo se mueven, y sobre todo, cómo protegerte, Ildra. No podemos dejar que quedes expuesta.
La sanadora asintió. Había exigido un lugar seguro desde el principio, pero sabía que en los Valles Congelados, ningún lugar estaría completamente libre de peligro.
—Tienes razón, cazador. Mi magia no será de ayuda si me atrapan. Necesitaré un refugio desde el cual pueda curaros sin interrupciones. Si conseguimos uno, podré asegurarme de que todos sobreviváis a lo que está por venir.
El tabernero regresó con varias jarras de hidromiel caliente y un gran cuenco de guiso humeante que colocó en el centro de la mesa. El aroma del plato llenó el aire, aliviando un poco la tensión del grupo. Thordin, sin perder tiempo, levantó su jarra con una sonrisa cansada pero sincera.
—Por una batalla bien peleada hoy y por la que enfrentaremos mañana. ¡Que el frío no pueda con nosotros!.
Todos levantaron sus jarras en un brindis silencioso, cada uno consciente de que el día siguiente podría ser su último. Sabían lo que les esperaba, y aunque el miedo estaba presente, no lo dejaban dominarles. Habían llegado demasiado lejos para retroceder ahora.
Mientras bebían y comían, el grupo discutió los detalles finales de su plan. Sabían que los Hijos del Invierno serían su mayor desafío antes de alcanzar a Jargrim. Cada uno de ellos poseía un poder que no debía subestimarse. La prioridad sería derrotarlos rápidamente antes de que pudieran fortalecer a su líder.
La noche avanzó, y las conversaciones se volvieron más ligeras. Thordin relató viejas historias de batallas, mientras Skjorn compartía anécdotas de sus cacerías más difíciles. Iskandar, por su parte, permanecía pensativo con sus ojos fijos en el fuego, repasando mentalmente los hechizos que necesitaría en la batalla final.
Finalmente, la fatiga comenzó a hacer mella en ellos. Sabían que necesitaban descansar antes del amanecer.
Ildra se levantó primera.
—Es hora de prepararnos para lo que viene, descansad bien pues nos espera una larga jornada mañana.
El grupo asintió y comenzó a retirarse a las habitaciones que el tabernero había preparado para ellos por pura intuición, los años de experiencia le brindaban esa sabiduría y picaresca que permite distinguir entre un viajero que solo estaba de paso y alguien con puras intenciones de pasar la noche en el lugar. La calidez de la taberna y el leve murmullo de las conversaciones les dio por un momento una placentera sensación de paz, pero en el fondo de sus mentes sabían que, en unas horas, estarían de camino hacia al centro de una tormenta mucho más grande que cualquier otra que hubieran enfrentado antes.
El grupo, exhausto después de la emboscada y de los intensos momentos vividos, se dispuso a descansar. La taberna de Nievequiebra ofrecía un refugio temporal, y la calidez de sus paredes de madera y el fuego crepitante proporcionaban el contraste perfecto al frío y peligro que esperaban fuera. Todos terminaron sus bebidas, intercambiaron algunas palabras de buena fortuna, y empezaron a retirarse a las habitaciones que el tabernero había preparado para ellos.
—Mañana al amanecer partimos —dijo Iskandar, con un tono firme y medido. Sabía que el tiempo era crucial y la búsqueda no podía esperar.
El aire frío y gélido que envolvía a Nievequiebra parecía suavizarse ligeramente cuando el grupo cruzó la entrada del pueblo. El cielo nocturno, cubierto de nubes grises, dejaba caer copos de nieve que se arremolinaban con el viento, envolviendo las calles de piedra y madera en un manto blanco. Las luces cálidas de las casas y la taberna parpadeaban entre la tormenta, una promesa de refugio tras el combate con los Vestigios de la Escarcha.
Habían logrado derrotar a las criaturas de hielo en su emboscada, pero todos sentían el peso del cansancio acumulado. Thordin aún respiraba con dificultad tras haber destrozado a la última criatura, y Skjorn, aunque sereno, mantenía una mirada vigilante, como si esperara que algo más surgiera de entre las sombras. Iskandar, por su parte, había gastado buena parte de su energía mágica defendiendo al grupo, y el hechicero sentía cómo el frío comenzaba a colarse por debajo de su bufanda azul, un frío más intenso que el físico, nacido del desgaste. Solo Ildra parecía estar tranquila, aunque las líneas de preocupación en su rostro revelaban que la sanadora también sentía la tensión de lo que se avecinaba.
—El pueblo no ha cambiado nada —comentó Thordin con una risa seca, mientras dejaba descansar el martillo pesadamente sobre su hombro—. Siempre tan pequeño, pero al menos la cerveza sigue igual de buena.
El grupo avanzó por las calles silenciosas, sintiendo la calma que ofrecía Nievequiebra después del caos del camino. El pueblo, aunque modesto, tenía una extraña sensación de calidez. Las casas, hechas de madera oscura y techos cubiertos de nieve, eran pequeñas fortalezas contra el invierno inclemente que rodeaba la región. Aunque las sombras del peligro aún colgaban sobre ellos, al menos por esta noche, podrían permitirse un breve descanso.
La Taberna del Pingüino Temerario les aguardaba con su luz acogedora, y la idea de una comida caliente y un lugar junto al fuego comenzaba a parecer la recompensa perfecta por los esfuerzos del día. El grupo empujó la puerta de la taberna, y el aire caliente los envolvió de inmediato, acompañado por el sonido de risas, el crepitar del fuego y el olor a guiso humeante.
El tabernero, un hombre robusto con las cejas tan gruesas como su bigote, levantó la vista al verlos entrar y sonrió ampliamente, reconociendo a Thordin de inmediato.
—¡Ah, el enano ha vuelto!, ¿vienes a beberte la despensa otra vez? —dijo, cruzando los brazos con una sonrisa maliciosa.
Thordin soltó una carcajada, sacudiendo la nieve de su capa.
—Solo si tienes algo que valga la pena beber, viejo amigo. Y mejor que sea fuerte, porque hemos visto cosas hoy que harían que tu cerveza pareciera agua.
El tabernero los recibió con el mismo aire desenfadado de siempre, pero la mirada que les lanzó, rápida y astuta, mostraba que había notado su cansancio y la urgencia en sus ojos. Sabía que algo grave estaba ocurriendo, incluso si no lo habían expresado directamente.
—Encontrad una mesa —dijo—. Traeré algo caliente para el estómago y la garganta. Parecéis necesitarlo.
El grupo se instaló en una mesa cercana al fuego, agradeciendo el calor que les ofrecía la chimenea. Skjorn colgó su arco en el respaldo de la silla, mientras Ildra se sentaba con cuidado, acomodando su bastón a su lado. Aunque el lugar era acogedor, la tensión en el aire no había desaparecido del todo.
—Mañana, nos espera el viaje a los Valles Congelados de Karhold —dijo el hechicero, rompiendo el silencio—. Jargrim está cerca de encontrar el Bastón del Hielo Eterno, y no podemos permitir que lo consiga. Si lo hace, el invierno que ahora cubre estas tierras será eterno, y nadie escapará a su tiranía.
Ildra asintió lentamente, dejando que las llamas del fuego iluminaran su rostro.
—Lo sé. Pero antes de lanzarnos a la tormenta, debemos estar completamente preparados. No solo físicamente, sino mentalmente. Las criaturas que nos emboscaron eran solo una fracción del poder que Jargrim puede convocar. Los Hijos del Invierno estarán esperando en los Valles. Y debemos enfrentarlos con algo más que fuerza bruta.
La voz de Ildra era suave pero firme. Sabía que no bastaba con pelear: la estrategia y la unidad eran esenciales. Su mirada se encontró con la de cada uno de sus compañeros, como para asegurarse de que entendieran la magnitud de lo que estaban a punto de enfrentar.
Skjorn, siempre pragmático, intervino.
—Haremos un reconocimiento antes de adentrarnos en su territorio. No podemos permitirnos caer en otra emboscada. Necesitamos saber dónde están, cómo se mueven, y sobre todo, cómo protegerte, Ildra. No podemos dejar que quedes expuesta.
La sanadora asintió. Había exigido un lugar seguro desde el principio, pero sabía que en los Valles Congelados, ningún lugar estaría completamente libre de peligro.
—Tienes razón, cazador. Mi magia no será de ayuda si me atrapan. Necesitaré un refugio desde el cual pueda curaros sin interrupciones. Si conseguimos uno, podré asegurarme de que todos sobreviváis a lo que está por venir.
El tabernero regresó con varias jarras de hidromiel caliente y un gran cuenco de guiso humeante que colocó en el centro de la mesa. El aroma del plato llenó el aire, aliviando un poco la tensión del grupo. Thordin, sin perder tiempo, levantó su jarra con una sonrisa cansada pero sincera.
—Por una batalla bien peleada hoy y por la que enfrentaremos mañana. ¡Que el frío no pueda con nosotros!.
Todos levantaron sus jarras en un brindis silencioso, cada uno consciente de que el día siguiente podría ser su último. Sabían lo que les esperaba, y aunque el miedo estaba presente, no lo dejaban dominarles. Habían llegado demasiado lejos para retroceder ahora.
Mientras bebían y comían, el grupo discutió los detalles finales de su plan. Sabían que los Hijos del Invierno serían su mayor desafío antes de alcanzar a Jargrim. Cada uno de ellos poseía un poder que no debía subestimarse. La prioridad sería derrotarlos rápidamente antes de que pudieran fortalecer a su líder.
La noche avanzó, y las conversaciones se volvieron más ligeras. Thordin relató viejas historias de batallas, mientras Skjorn compartía anécdotas de sus cacerías más difíciles. Iskandar, por su parte, permanecía pensativo con sus ojos fijos en el fuego, repasando mentalmente los hechizos que necesitaría en la batalla final.
Finalmente, la fatiga comenzó a hacer mella en ellos. Sabían que necesitaban descansar antes del amanecer.
Ildra se levantó primera.
—Es hora de prepararnos para lo que viene, descansad bien pues nos espera una larga jornada mañana.
El grupo asintió y comenzó a retirarse a las habitaciones que el tabernero había preparado para ellos por pura intuición, los años de experiencia le brindaban esa sabiduría y picaresca que permite distinguir entre un viajero que solo estaba de paso y alguien con puras intenciones de pasar la noche en el lugar. La calidez de la taberna y el leve murmullo de las conversaciones les dio por un momento una placentera sensación de paz, pero en el fondo de sus mentes sabían que, en unas horas, estarían de camino hacia al centro de una tormenta mucho más grande que cualquier otra que hubieran enfrentado antes.
El grupo, exhausto después de la emboscada y de los intensos momentos vividos, se dispuso a descansar. La taberna de Nievequiebra ofrecía un refugio temporal, y la calidez de sus paredes de madera y el fuego crepitante proporcionaban el contraste perfecto al frío y peligro que esperaban fuera. Todos terminaron sus bebidas, intercambiaron algunas palabras de buena fortuna, y empezaron a retirarse a las habitaciones que el tabernero había preparado para ellos.
—Mañana al amanecer partimos —dijo Iskandar, con un tono firme y medido. Sabía que el tiempo era crucial y la búsqueda no podía esperar.
Ishkhaqwi ai durugnul!